Maternidad

Como las olas del mar

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El inicio

Tenía treinta semanas de embarazo. Varias personas nos habían hablado de la clínica así que fuimos a conocerla. Subimos por un pasillo adornado por fotos de bebés y se me hizo un nudo en la garganta. ¿Y esta emoción? ¿Quieres nacer aquí?, le pregunté a la panza. El nudo casi se convierte en lágrimas.

Recorrimos las instalaciones. Las salas de parto me parecieron cálidas, un lindo lugar para nacer. Comprobé que tendría un parto respetuoso, humano, sin uso de fármacos ni intervenciones innecesarias, que nadie me alejaría ni un segundo de mi bebé recién nacido. Ese fue el lugar elegido. Diego (el obstetra) respondía cada miedo con positivismo. Desde entonces, nos vimos cada quince días y pronto, cada semana. Las citas médicas estaban rodeadas de alegría. Mi niño crecía y crecía. Completó su formación en la semana 36 y podía nacer en cualquier momento.

La fuente

Tres de la mañana. Me desperté tras pocas horas de sueño sintiéndome mojada. Me levanté. Fui al baño. En el recorrido seguía bajando agua que no podía contener. Lo tuve claro: rompí fuente. Faltaban dos días de cumplir 37 semanas de embarazo. Desde hacía dos días, estaba alojada en casa de Adriana porque -para entonces- vivía bastante lejos de la clínica. Estaba tranquila: el proceso podía durar varias horas. Aunque me movía sigilosamente, Adri me escuchó y se levantó a acompañarme. Llamé a la clínica. Me hicieron preguntas de rutina y cerraron con un: “Te esperamos a primera hora, tenemos tiempo”. Con esa información llamé al papá de mi hijo. “Ven tranquilo. El bebé no va a nacer de un minuto a otro”, le dije.

A las seis de la mañana salí de casa. Las luces de la ciudad brillaban todavía. Me gustan los amaneceres. Di las gracias por ese inicio de día. El papá llegó a los pocos minutos. La ecografía confirmó que todo estaba en orden. Me llevaron a una habitación.

Primeros movimientos

Ocho de la mañana. Contracciones suaves cada cinco minutos. Molestias parecidas a un cólico menstrual. Desayunamos.

Nueve de la mañana. Las contracciones se espaciaron un minuto y medio. Me dieron la pelota de yoga para que hiciera movimientos de cadera. Casi de inmediato entré en un claro estado meditativo. No supe más como medir el tiempo. Lo sentía pasar, pero me perdía en las horas. Todo lo que viví desde ese instante fue profundo, poderoso. Rebeca, una de las doulas que me acompañó, me llevó a la sala de masajes. Comenzaron a sonar mis mantras. Ella guió mi respiración, los movimientos que hacía, rodeó mi barriga –aún con mi niño dentro de ella- de mantas calientitas, me dio un masaje en los pies porque los tenía muy fríos y me explicaba el sentido de mis dolores. Sentía su amorosa presencia que me arrullaba, me daba ánimos o simplemente me acogía en silencio. Lo que yo más sentía era silencio, el del infinito.

El agua

Me llegaron las ganas de pujar. Era momento de ir a la tina de parto. Ya no estaba solo la voz de Rebeca, ahora tenía un coro de suaves voces femeninas, lideradas por la Lili (la otra doula) que se hacían presentes. Cuando abría los ojos siempre la veía a ella y a Rebeca. Ambas me daban ánimos, me decían como canalizar mi respiración y atravesar el dolor en cada pujo. Mi bebé bajaba despacito, se abría camino milímetro a milímetro.

Tras cada contracción, me daba sueño. “Duérmete”, me dijo la Lili. Así lo hice. Se impuso un ritmo durante horas: dormía, sentía dolor, pujaba, me ponía de rodillas, me estiraba… En medio de la labor me preguntaba si todo iba bien. Las respuestas tranquilizadoras venían sin que las pidiera: “vamos a medir el ritmo cardíaco del bebé”, “escucha su corazón”, “todo está perfecto”, “sigue adelante”, me susurraban Lili o Gabi (la ginecóloga). Cada frase me daba confianza y alejaba mis temores. Ahí, en el agua, con los ojos cerrados, sentía el paso de toda mi historia personal, de mi propio nacimiento, de la fuerza del femenino. Un solo mantra se repetía en la sala: mi alma le cantaba a Gurú Ram Das, le pedía fuerza y le daba las gracias.

El mar

“Las contracciones son como olas en el mar: unas grandes y poderosas, otras suaves y livianas”, escuché decir a Lili. El mar… esa inmensidad me conecta, con fuerza, a mí misma. Hija de Yemayá soy. Mentalmente me fui al mar y sentí las olas romperse contra los acantilados, quedarse quietas o acariciar la arena. El mediodía llegó a su término, los ventarrones de la tarde agitaban los árboles. El ciclo cambió, la energía se transformó. G. seguía en la matriz, bajaba poco a poco, tomándose su tiempo, abriéndose camino en mi cuerpo. Era consciente de lo que pasaba en mi entorno pese a que me sentía adormilada. Sentí que mi femenino y mi masculino entraban en comunión. Poco a poco, las contracciones se hicieron más fuertes. La voz de Diego (el obstetra) comenzó a guiarme: “tu bebé ya está en el canal”, “falta poco”, “dale toda tu fuerza”, me decía. En ese momento, me di cuenta de que también estaba rodeada de hombres, que estaba pariendo un niño, acompañada de varones que me sostenían en cada pujo. Mis doulas se preocupaban de secarme la frente o darme agua. Sentí en medio de toda mi fragilidad, la descomunal fuerza de un parto. Vi a esos hombres que juntos podían tener una enorme fuerza física, entregados a acompañarme ante un poder mayor: el de parir.

Tras horas y horas de olas, a nadie se le había ocurrido proponer siquiera que se acelerará el parto. Sentí la confianza suficiente para decir: “no puedo más”. Me sentía muy cansada. “Sí puedes”, me respondió Diego, “confía en ti”. Esas palabras me activaron. Grité todo lo que quise y comencé a pujar, a construir olas gigantes para impulsar a mi niño. Me recostaba, me ponía en postura de silla con las caderas bien abajo, pujaba tres tiempos como las olas que tienen fuerza y revientan una y otra vez, G. avanzaba, la contracción terminaba y yo me volvía a hundir en el agua. Confiaba en mí, en mi cuerpo poderoso como el de toda mujer parturienta, en mi voluntad, y en el deseo de mi hijo de querer nacer. Las olas comenzaron a reventar cada vez más rápido. Entonces, oí a Diego decir: “baja tu mano, tócalo, su cabeza comienza a salir”. Lo acaricié con la punta de mis dedos por un segundo. Una ola más y la cabeza estuvo afuera. “Vamos a esperar a que se dé la vuelta”, dijo Diego. Respiré. Y al tiempo que sentí como mi hijo cambiaba de postura para terminar de salir, oí un suspiro profundo y conmovido de su papá.

Llegó la última ola, la ola definitiva que trajo a G. a esta vida. Eran las 16:15 del sábado 25 de julio. Olvidé todos los dolores y comencé a reír. G. vino a mi pecho. Se echó a llorar. Lo llené de caricias. Esperamos a que el cordón umbilical dejara de latir para que su papá lo pudiera cortar. Llegamos a la habitación: desnudo él, desnuda yo. Me di cuenta de que esa tarde, después de trece horas, había parido a mi hijo y me había dado a luz también a mí. Solo quería silencio y dar las gracias. Todo lo que vendría después estaba por escribirse.

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4 comentarios en “Como las olas del mar”

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