Lactancia, Maternidad

Destete natural

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Siempre tuve claro que amamantaría. Siempre tuve claro que amamantaría a demanda. Siempre tuve claro que amamantaría hasta que se produjera un destete natural. La decisión se ha mantenido por (en pocos días) tres años. En este tiempo hemos experimentado crisis no solo de crecimiento, sino aquellas que me hacían preguntarme: ¿Hasta cuándo? ¿Me veo amamantando hasta los 7 años? ¿Cómo se produce un destete natural? Pero también fueron tiempos de tranquilidad y comodidad. Cuando la lactancia se consolidó, cuando ya nada dolía, la leche salía a borbotones y mi cría podía gestionar por sí mismo las tomas nocturnas (¡maravilloso colecho!), la lactancia se volvió un placer. Así lo viví. Si estaba cansada y mi hijo me pedía teta, era un buen momento para recostarme con él, abrazarlo, contarle cuentos o echarme una siesta. Y mientras se alimentaba, yo me llenaba de oxitocina, se me iba el cansancio y tenía más alegría. 

Muchas veces, cuando mi hijo me veía enojada, preocupada o cansada, me decía: “mejor tomemos tito, mami”. Sí, a él tomar tito le quitaba el dolor de un golpe, el miedo a lo desconocido, lo llevaba hacia el sueño o lo terminaba de despertar. Si a él le funcionaba como una poción mágica ante cualquier mal, creía que a mí también. Y no se equivocaba del todo: la oxitocina ha obrado milagros también con mamá.

Pero esto comenzó a cambiar a los dos años. Fue una de las crisis más fuertes. Para entonces, G. tomaba teta al despertarse, antes y después de su siesta del mediodía, para dormir en la noche, a las 2 y a las 4 en la madrugada. Seis tomas reguladas por él. Si algo se salía del guion (algún llanto por golpe o frustración), sumábamos una toma de pocos minutos, pero nada más. ¿Qué pasó? Al poco tiempo de cumplir dos años, las tomas nocturnas aumentaron notablemente: se producían cada hora a partir de la medianoche o simplemente no me soltaba por nada aunque no lactaba quería estar con el pecho en su boca. Si se quedaba dormido y lo separaba de mí, lloraba desconsolado. Fue una crisis que duró seis semanas, que trajo mucho cansancio pero también que la toma de las dos de la mañana se volviera más corta y que suspendiera la toma de las cuatro.

Seis meses después, una nueva crisis. Esta vez más corta: fueron dos semanas de insomnio, dos semanas agotadoras. Me sentía sonámbula y en ese estado le pedía que, por favor, me dejara dormir. A veces lloraba (él y también yo), a veces se daba la vuelta y dormía pero solo duraba uno, cinco o diez minutos porque inmediatamente volvía a la carga.  ¿Qué pasó al final? Suspendió  la siesta y la toma de la madrugada. Mi hijo, desde entonces, duerme doce horas de corrido y tiene solo dos tomas: al despertarse (la más larga) y al dormir (a veces puede durar segundos y unas cuantas veces se ha dormido sin pedirme ser amamantado).

Seguimos en colecho y eso me permite mirar cómo es su sueño: a veces se mueve como si fuese a despertarse, lo que antes se hubiera convertido en una toma, hoy es un sonidito con su boca, como si estuviese tomando teta, estira su manita y me acaricia el pecho. Una vez que me toca, se gira y sigue durmiendo. Algunas veces, lo hace también en el día: cuando algo lo asusta, me pide que lo tome a upa, se abraza a mí, mete su manito en mi escote y la deja ahí hasta que se siente más seguro.

En este cambio ha surgido una mayor demanda por mi presencia: está muy pendiente de adónde voy o qué hago pero tiene también que ver con la escuela. ¿Recuerdan que hubo unos días, al inicio de las clases, en que G. no quería quedarse en la escuela? Este cambio coincidió con la eliminación de tomas y de horario de sueño. Fue ¡¡la crisis!! ¿Cómo lo resolvimos? Entendí varias cosas que les conté en una entrada pasada pero, fundamentalmente, G. dejó de angustiarse cuando su tío se volvió el encargado de llevarlo y traerlo de la escuela. Si yo los acompañaba, sí se ponía nervioso y no paraba de preguntarme lo que iba a hacer y dónde iba a estar. Así entendí que él necesitaba saber el sitio exacto donde me quedaba y las actividades que hacía. Necesitaba saber que su mamá no iba a desaparecer.

La crisis de lactancia tuvo su fin cuando, al darme cuenta de su miedo, le dije que mamá no se iba a ir, que el hecho de ya no fuera amamantado no iba a eliminar a mamá, que yo siempre estaría para él aunque ya no tomase teta, que leeríamos más, jugaríamos más y tendríamos actividades diferentes pero juntos. Esa noche fue la primera en la que no se despertó. Al cabo de unas semanas, le regalé un llavero con la llave de la casa. Desde entonces, nos despedimos en la puerta, él cierra con su llave y mira cómo me quedo en casa, se va tranquilo al saber que no me va a perder. Ahora, en las mañanas, usa el recorrido de la escuela. Su tío va por él al mediodía ya más por diversión que por contención. Disfrutan de estar juntos. Cuando llega, baja a las carreras, abre la puerta y al verme ahí, donde me dejó, sonríe aliviado y regresa al auto por sus cosas. A veces, llega tan cansado que hace una siesta y, claro, me pide ser amamantado. Es una toma muy corta.

Así nos encaminamos a los tres años, con más independencia, con la lactancia en destete natural y progresivo, durmiendo juntos pero con el absoluto convencimiento de que, como dice Carlos González, los niños que obtienen lo que piden no necesitarán exigirlo en el futuro. Ellos siempre saben cuándo es su momento.

 

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En septiembre daré un taller en línea sobre método Montessori para madres, padres y cuidadores de bebés de 0-3 años. Toda la información está disponible en: https://kaypachajuguetes.com/talleres/

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4 comentarios en “Destete natural”

  1. Me ha dado fuerza para seguir con la lactancia de mi bebé de 1 año y 4 meses, yo salgo a trabajar y por lo tanto él no lacta durante el día, toma apenas lo recojo, toma para dormir y se despierta 2 o 3 veces (ciertas noches 4), no duermo bien pero son nuestros momentos, los que no tenemos durante el día.

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