Maternidad, Montessori

Tres años

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Primera escena

“Me picó un mosquito. Ponme crema, por favor”. Miro la mancha roja del picado en su mano. No digo nada. Me doy vuelta y me dirijo a buscar la crema. “¡No! Contigo”. “Vamos”, le digo mientras extiendo mi mano. “¡No! Upa”. “¿Tienes sueño?” “¡No, tengo hambre!” Tomo la crema y… “¡No! Yo, yo.” Le entrego el tubo de crema. Sonríe. Lo abre y me lo devuelve abierto para que le ponga la crema. Intento sentarme en la cama para ponérsela y me detiene en seco: “¡No! En el sofá.” Vamos al sofá. Me siento, intento ponerle la crema. “¡No! Yo me pongo.” “Me diste la crema para que te la ponga”, le recuerdo a modo de disculpa. Al final un poco se pone él y un poco se la pongo yo. 

Siguiente escena

  • Ya no quiero comer, tengo sueño.
  • Me dijiste que tenías hambre.

Me mira y se termina el pollo con papitas que estaba en su plato.

Escena final

Mamá escribe, él juega con sus animales. Pienso: este jugar a las adivinanzas me tiene agotada. Siento que vivo dando pasos en falso: debo anunciarle cualquier movimiento mínimo, por si acaso él lo quiere hacer o lo quiere de otra forma: desde contestar una llamada telefónica hasta la disposición de la comida en el plato. Claro, me he pasado diciéndole o sugiriéndole qué hacer y cómo hacer tantas cosas que ahora que sabe que puede, marca su estilo. Durante estos tres años ha vivido oyendo frases del tipo: lávate las manos, usa jabón, deja la toalla en su lugar. Las disposiciones se van perdiendo en cuanto dejo de recordarle el orden de las cosas porque sabe cómo hacerlas. Entonces, se da cuenta de que puede variar, que hay otra forma que no altera el resultado y pide que sea como él quiere. Así, va encontrando su manera de hacerlo, sus preferencias. Por ejemplo, le gusta ponerse primero los pantalones y luego la camiseta. Mientras yo lo vestía, mi orden era el contrario. Pero ese es su gusto y no permite nada que lo altere. Si me pide que le pase la ropa y le doy la camiseta antes que el pantalón, oiré un no quejumbroso retumbar en la habitación.

Volviendo al asunto de la crema: no quiso que se la ponga en la cama por una razón: antes le había preguntado si tenía sueño y él, dormir no quería, así que… estar en la cama le daba la sospecha de que, quizás, se quedaría ahí. Mejor no arriesgar y pedir que nos fuésemos al sofá. [Primera nota mental: No lo podrás engañar. Segunda nota mental: ¡En serio creías que era solo por mal humor! Recuerda: No hay nada caprichoso en los niños, ellos siempre tienen razones].

Hay órdenes que ya reconozco o puedo intuir pero otros que ni sospecho (por eso las notas mentales). Fallo mucho. Y mis fallos lo llevan al enojo, a la impotencia de no darse a entender o de no sentirse respetado. A veces pasa que no puede decirlo tan rápido como lo piensa y no alcanza a detenerme. Otras, se irrita porque es algo que ya me ha dicho y yo lo olvido; son pequeños detalles, por eso he optado por preguntarle o anunciarle lo que voy a hacer cuando sé que puede estar interesado en participar. Y eso es muy importante porque no solo reconozco la importancia de sus deseos sino que, además, lo voy descubriendo, entendiendo sus razones, sus elecciones y viendo cómo demuestra su personalidad.

A veces puede cambiar de parecer o refinar sus preferencias: tiene cucharas favoritas pero hay una en especial que la pide solo para servir la granola en el plato. Si me pide la cuchara y yo le doy cualquier cuchara o si uso esa cuchara para comer algo… Sí, eso mismo: desconsuelo, llanto, enfado. Me ha costado un poco ir asumiendo este momento nuevo, este aterrizaje en los tres años, esta auténtica separación, esta necesidad de tomar distancia de mí, de dar su opinión y establecer sus gustos. Esta particular manera de decirme: ¿Por qué no me haces caso, no me oyes, no te acuerdas lo que te digo? Y yo veo cómo, sin dudarlo, evidencia su personalidad . Lo estoy conociendo en sus matices. Él sabe lo que quiere y si tiene que pelear por ello, lo hace. Al final, también ha vivido aprendiendo que hay un cucharón para servir la comida de los gatos y ese no se usa para ninguna otra cosa más. Entonces, la lógica de ese orden lo traslada a las cosas que le importan.

Su autoafirmación ha supuesto una continua demanda de atención, acompañamiento y contención. En esa cabecita surge la duda: ¿Qué pasará con mamá ahora que ya no la necesito tanto? Pero mamá siempre estará para tomarle de la mano cuando sea necesario, para curarlo con abrazos y cuidarlo con el mimo de siempre. Cuando se lo recuerdo, cuando le digo que estaré para lo que me necesite, todo fluye mejor y se siente más seguro. Una seguridad que se manifiesta en su independencia, en su autodeterminación, en la capacidad de decidir sin preguntarme ni pedirme permiso, así elige la música que quiere escuchar, me dice que no me coma sus frutillas u ordena en un restaurante lo que quiere comer.

Al tener claro lo que quiere, ha establecido también sus “no negociables”. Si los míos estaban relacionados con, por ejemplo, ir en su silla del auto, los suyos son que, antes de dormir, juega y lee. Nada altera esa rutina. Si está muy cansado puedo sugerirle un cuento más corto pero a veces acepta y otras, no. Además, en la elección de las lecturas siempre se manifiesta un tema sobre el que quiere aprender, reflexionar o comprender (no es un asunto menor el de los libros, ya lo ampliaré en otra entrada).

A partir de ahora, sé que todo lo que ha aprendido comenzará a materializarlo. Esa esponja absorbente comienza a crear, a devolver lo que le ha sido dado y, entonces, se muestra cómo es, se afianza, se convierte en ave que estira las alas y levanta el vuelo. Al final, para eso estamos aquí, para acompañar mientras sea necesario. Luego, solo se trata de estar y acudir para cuando seamos llamados.

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En septiembre daré un taller en línea sobre método Montessori para madres, padres y cuidadores de bebés de 0-3 años. Toda la información está disponible en: https://kaypachajuguetes.com/talleres/

 

 

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7 comentarios en “Tres años”

  1. Mi hijo tiene 9 años y muchas de las cosas que narras las viví y ahora las vivo más intesamente, que por qué las vivo hoy con más intensidad…porque mi hijo tiene Asperger, un Autismo leve, pero autismo al fin.
    Ha sido muy difícil su crianza, su adaptación al colegio, sus estudios, en fin, su pequeña vida; pequeña en el sentido de los pocos años que tiene y todo lo que ha tenido que enfrentar desde hace 3 años cuando fue diagnosticado con Asperger y Hemiparesia Lateral Izquierda.
    Que por qué escribo aquí?
    No lo sé, en ocasiones leo las cosas que se publican sobre crianza infantil y muchas de ellas no las he vivido y en otras, mis experiencias se cuadriplican.
    Quisiera preguntar si el método Montessori puede ser utilizado en mi niño.
    Al tener un pensamiento muy abstracto se le dificulta el aprendizaje en matemáticas y en inglés, sin embargo ahí vamos. Tiene 9 años y pasa a 5to de Básica, todo un logro para nosotros.
    Si lo miras parece un niño común y corriente, sin embargo si lo miras en detalle percibirás lo que otros no ven.
    Gracias por compartir tu experiencia y por leerme y tratar de comprender.

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    1. Querida Patricia: Muchas gracias por compartir tu hermosa experiencia con tu hijo. El método Montessori se desarrolló con niños con problemas de desarrollo y aprendizaje: sordos, ciegos, autistas que lograron mejores resultados académicos que los niños sin ninguna condición que los limite intelectual o físicamente. Es decir, la respuesta a tu pregunta es sí. El método puede ayudar a tu niño, sin lugar a dudas. Él puede seguir con las terapias que recibe pero las bases del método te pueden ayudar a ti a guiarlo de la mejor manera. Un fuerte abrazo, Andrea.

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