Maternidad

No te quejes, no compares, no compitas

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Tres son los grandes ladrones de energía de las mujeres: quejarse, competir y compararse. Las tres C, por sus iniciales en inglés (complain, compite, compare). Esa es una de las enseñanzas de Kundalini Yoga que más atesoro. Cuando me siento cansada o enojada me doy cuenta de que estoy quejándome, cuando algo me entristece seguro que estoy comparando o comparándome, cuando siento algo de ansiedad casi siempre es porque estoy compitiendo. Las comparaciones no siempre son con otras personas, también se dan hacia situaciones: creemos que estuvimos mejor antes de tal o cual evento, o que estuviésemos mejor si tal o cual cosa pasara; competimos también por tener más de lo que ya tenemos sin recordar lo agotador que resulta mirar hacia un futuro irreal. En general, esas comparaciones, quejas y competencias pasan solo en nuestra cabeza porque cuando estamos enfocadasni competimos, ni nos quejamos, ni comparamos, nos concentramos en el presente y en nosotras mismas. En este año me di cuenta de que la mayoría de las conversaciones cotidianas son quejas: por el tráfico, por la falta de tiempo, porque las cosas no salen como queremos, porque alguien no hace lo que esperamos, porque no sabemos cómo resolver una situación. Y, por lo regular, no nos damos cuenta de que nos estamos quejando. Entonces, ¿no hay que decir nada? Voy a contarles una historia.

Hace casi dos años cuando la idea de construir este blog y de fabricar juguetes inspirados en el método Montessori iba volviéndose una realidad tuve algunos eventos desafortunados. Había compartido con pocas personas esta ilusión sobre todo porque creía que les interesaría lo que iba a hacer y si les resultaba útil, entonces, sería la señal que necesitaba para confirmar que valía la pena invertir en este sueño. Mi entusiasmo tuvo su primer quiebre cuando alguien le dio mi idea a personas en común: es decir, quiso crear una competencia cercana justo cuando ya tenía mis modelos listos para salir y el blog estructurado. La decepción fue grande y aparecieron las ganas de quejarme con el infinito, con los contactos en común, con quien fuera. Claro que estaba enojada y decepcionada pero opté por seguir adelante creyendo que lo que es para uno, simplemente es para uno. Confié en mi empeño y me ocupé en lo realmente importante: mis sueños.  

El blog, este blog, poco a poco fue tomando forma. Ahora es mi principal instrumento de comunicación y desahogo. Acá cuento todo lo que quiero decir, aquello que puede resultar intenso y extenso en otros contextos (quienes me conocen saben que en cuanto me dan tema, no paro). Acá me lee quien quiere y cuando tiene tiempo. Este blog tiene mi voz, es mi historia, es tan personal y tan mío que no me puede ser arrebatado. Así, aprendí que quejarme solo iba a reflejar mis dudas e inseguridades y eso sería una fuga de energía innecesaria.

Mis juguetes tuvieron dos arremetidas más de personas diferentes pero cercanas. Ya para entonces, que quisieran “robarme el negocio” me produjo mucha risa. ¿Por qué? Esto iba a pasar, tarde o temprano, de propios o ajenos. Para mí lo importante fue concentrarme en mis propósitos, analizar los productos de otros con objetividad y darme cuenta de las fortalezas de mi trabajo. Terminé, entonces, agradeciendo estas pruebas porque simplemente me volvieron más intuitiva y más creativa.

Pero, a más de estas estocadas, del universo llegaron bendiciones multiplicadas: la lealtad de quienes me ayudan; el apoyo de mis amigas, las de siempre y las recién estrenadas; la colaboración del papá de mi hijo; la generosidad de mi hermano; la creatividad de mi hermana; la asesoría gratuita y desinteresada (más bien interesada en que me vaya bien) de una nueva amiga que ahora es mi gran amiga. Cuando dudé o me entristecí por alguna mala racha, nunca faltó el mensaje o la llamada que me devolviera la esperanza: mis amigas me contuvieron y alentaron pero también las personas que me leen o me escuchan me abrieron su intimidad de tal forma que me hicieron entender que si confiaban en mí, yo no podía dudar de mi fuerza. Constaté que siempre podemos encontrar muchas más razones para sonreír que para sufrir.    

Eso es lo que deseo para las mujeres que me leen, me acompañan y para las que guardo en mi corazón: un 2018 sin quejas, competencias ni comparaciones. Si, ante los momentos de dificultad, enfocamos nuestra energía en la solución antes que en la queja, en reflexionar sobre lo que debemos aprender de esta situación (paciencia, compasión, empatía), el regalo que recibimos es una explosión de creatividad y de confianza en nuestros propios recursos. Si decidimos no compararnos, sino aceptarnos tal cual somos y mantenernos fieles a nuestras metas, reconociendo nuestras particularidades, veremos los logros de cada día. Si optamos por no competir, ni siquiera contra nosotras mismas porque ahí hay ya un gran error: creemos que algo no está bien dentro nuestro, entonces nos aceptamos con luces y sombras, nos amamos sin dudas y nos enfocamos en nuestros planes presentes no en los futuros ni en los de los demás.

Despido el 2017 agradecida por todas las enseñanzas. Hace unos meses hubiera dicho que fue un año muy difícil. Hoy sé que fue maravilloso porque me permitió aprender, soltar y entender muchísimo. Cada golpe fue un reto para recorrer las raíces de mi historia y llegar a respuestas que había anhelado por mucho tiempo. Termino el año comprometida en mirar siempre lo que tengo, en enfocarme en mis propósitos, en bendecir a quienes quieren hacer daño, en caminar sin miedo, sin quejas, sin comparaciones, sin competencias.

 

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4 comentarios en “No te quejes, no compares, no compitas”

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