Maternidad

Divorciada, con 5 hijos, busca pareja…

Banksy, 2002. Niña con globo.
Título original:
 Girl with balloon. Técnica: spray, arte callejero, obra pública. Ubicación: Shoreditch, Londres.

Este fin de semana, en Twitter, la Liz expuso el siguiente caso: un amigo suyo fue a una cita con alguien que conoció en Tinder. Durante el encuentro, su cita -una mujer en sus treinta- le confesó que no tenía uno sino cinco hijos: un niño, una niña y trillizos. Que omitió ese dato porque se había dado cuenta de que si lo decía, los hombres se asustaban. No habrá segunda cita porque él quiere “construir una relación y alguien con cinco hijos no cuenta con el tiempo para ello”. Liz pidió opiniones sobre la respuesta de su amigo y el ocultamiento de su cita. Y se abrió el debate.

No recuerdo a nadie que no haya entendido las motivaciones de la chica para esconder el número de hijos. Las mujeres sin pareja y con hijos son vistas socialmente como alguien que busca ser mantenida, cuestionadas por cada acción o inacción, y más si se trata de comenzar una relación amorosa. Como si criar niños no fuera un trabajo (de ahí que nos quieran convencer de que es un acto de amor), como si los juzgados no estuvieran repletos de demandas por pensiones de alimentos impagas, porque es la única forma en que las supuestas mantenidas obtengan lo que les corresponde a sus hijos. Por esas ideas negativas que la sociedad reproduce con el peor de los sarcasmos, se entendía que ella no haya publicado en su perfil el número de hijos que tiene, pero sí que haya sido sincera en el primer encuentro. Solo una persona se sorprendió de que siendo tan joven tuviera tantos niños. La verdad es que no hay nada extraño. En lo personal, conozco muchos casos de embarazos múltiples seguidos: cinco o seis hijos producto de dos o tres embarazos.

Frente a la respuesta de él, la mayoría consideró que fue sincero, que es difícil tener una relación con alguien que tiene hijos y más si son cinco. Con ese argumento nos olvidamos fácilmente que la historia está llena de viudas con herencia a las que se les presenta el salvador que les “administra” la fortuna. También hay que reconocer lo contrario: en general, a las mujeres se nos da mucho más fácil comenzar relaciones con quienes ya tienen hijos. Por ello, en esa aparente sinceridad de no continuar una relación porque se tienen disponibilidades distintas de tiempo existe una serie de alertas y prejuicios bien escondidos.

En el análisis del discurso existe como tópico el buen tipo que usa frases aparentemente correctas para esconder un entramado de apariencias. Si uno escucha sus argumentos con cuidado se hace evidente lo que oculta, si se los hacemos notar: se defiende, justifica o da un sinnúmero de explicaciones para evitar ser catalogado con alguna etiqueta negativa que no se atribuye ni quiere que se la endilguen: racista, homófobo, machista, clasista, etc.

Sin embargo, sus artificios están ahí. Veamos: ¿Qué hubiera pasado si la mujer en cuestión tenía totalmente resuelta la manutención de sus hijos y un horario bien establecido de visitas? En ese caso, el tiempo que él usaba como factor en contra de seguir conociéndola, no era determinante. Es decir, ¿él quería más tiempo, la agenda de ella abierta por completo? Una sociedad patriarcal se sostiene en la figura de la mujer entregada que hace diez cosas a la vez, que tiene tiempo para todos y para todo, que en cuanto su pareja la requiere ella está ahí: incondicional y siempre disponible. Pero, la realidad es que una mujer (como cualquier persona adulta y autónoma emocionalmente) tiene trabajo o estudios, una familia nuclear, amistades, intereses y necesidad de tiempo libre, no está predeterminada a dar sin medida (aunque esa es la idea arraigada) y a ponerse en último lugar. Abundan los hombres que quieren que su pareja los acompañe a todo lado, que demandan atención y cuidados, pero que cuando el otro que forma parte de la relación le pide reciprocidad, nunca pueden; o si le anuncia un plan en solitario, le recriminan su falta de tiempo. En el fondo lo que piden es una asistente personal, pareja sexual, madre abnegada, organizadora de eventos, musa inspiradora que viva para ellos que todo lo merecen y que estén disponibles cuando y donde ellos lo requieren. Suena exagerado, pero en realidad no lo es, por eso las mujeres terminamos drenadas, agotadas emocional y físicamente. Y no nos damos cuenta, que es lo más triste, porque el relato oficial nos recuerda, para darnos valor, que la entrega sin medida es la manifestación de nuestro infinito amor.

La otra objeción era: si él quiere hijos y ella ya tiene cinco, puede ser difícil criar seis o más. ¿Si en realidad quiere ser padre qué sabe de educación, posparto, lactancia, malas noches, de corresponsabilidad en la crianza? ¿Sabe todo lo que significa tener un hijo o solo está idealizando? Si fuese alguien que quiere un hijo y entiende la dimensión de cuidar a otro ser, ya pudiera haberse interesado en ese y varios temas. Quienes tienen o han tenido parejas con hijos saben bien (y eso surgió en la conversación) que el tiempo se comparte con los hijos, y que no se entra solo a la vida de una persona sino a las de todos.

Y, por último, una persona con hijos nos puede dar muchísima información sobre sí, sobre su capacidad de resolver conflictos, de consolar y cuidar; sabremos si es una persona responsable, organizada, que conoce y entiende al otro, que se interesa efectivamente por los demás; nos va a mostrar su paciencia o la ausencia de ella, su ternura o su violencia, su madurez emocional o su insensatez de maneras auténticas porque en la interacción con los hijos uno no puede fingir mucho. Y lo que no se muestra, los niños lo ponen en escena a la perfección. Se perdió de conocerla realmente como un ser humano en su totalidad. Y de descubrir una -hasta ahora- desconocida versión de sí mismo: quizás podían terminar como amigos, pero le hubiera despejado todas las dudas sobre su deseada paternidad, si era un “buen tipo” o solo un discurso, y si su negativa no era más que una reproducción de los prejuicios familiares, se sabría si es un hombre independiente o alguien a quien la opinión de sus padres le resulta determinante en la toma de decisiones. En todo caso, a ella sí que le pudo quedar claro que él no era la persona idónea, que merecía entrar en su vida y las de sus hijos. ¿Algo positivo de todo esto? Sí, lo hay: él no propuso sexo casual. Un punto a su favor en eso de “quiero construir una relación”. Y acá viene otro punto a considerar: no sabemos si ella, por las razones que fueran, solo quería sexo casual, y no una nueva relación de pareja con tintes de matrimonio tradicional.

Después de un divorcio, de una relación fallida, de una ruptura romántica hay mucho que evaluar, sanar, considerar. Cuando cerramos bien un ciclo, nuestras miradas, deseos y perspectivas respecto a lo que queremos y buscamos de una relación se modifican o despejan. A veces puede ser difícil superar ciertos miedos, sobre todo cuando descubrimos patrones repetitivos en nuestras parejas o relaciones, o cuando sentimos que no hemos vivido lo suficiente porque pasamos de la casa familiar a la matrimonial. Se abre -de cualquier forma- un proceso de autoanálisis y descubrimiento, de vernos en silencio y soledad, bastante recomendable, por cierto. Y, luego, cuando sintamos que es momento de recomenzar, hay que enfrentar a más de los prejuicios sociales, los retos que supone construir una pareja sin romanticismos que nos anulen (esos que pregonan soportarlo todo), sino desde el amor propio y el autorrespeto, que son las bases para poder dar y recibir en condiciones. Todo un aprendizaje…

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