Maternidad

Hay madres y madres y madres…

La maternidad es un tema complejo, lleno de aristas, matices, blancos, negros y grises. Durante generaciones hemos visto homenajes empalagosos a las madres en su día. Es como si los hijos no pudieran cuestionar aquello del amor incondicional. Y a mí eso me parece una trampa. Una celada para que las mujeres creamos que ese es el mejor (o el único) papel que podemos cumplir, para que convirtamos en sinónimos el amor y los cuidados en lugar de ver en ellos lo que es: trabajo no remunerado y menospreciado socialmente. Tanta cursilería solo para que no cuestionemos la maternidad, sus formas, su obligatoriedad o su ausencia de derechos.

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El principito y más historias

Del libro Hasta el infinito, de Kveta Pacovska.

Tengo muchos recuerdos especiales relacionados con el lenguaje. Por ejemplo, de aquellas veces en las que nos divertíamos pidiéndole al primo de tres años de mi amigo R. que “diga albóndiga” y él decía albón. Porque, claro, entendía diga como conjugación del verbo decir, y como el sonido se repetía, lo omitía. O aquella vez en que C., la hija de mi mejor amiga, descubrió el yo, su yo, todo lo que yo significaba. Esa etapa tan importante, que marca un antes y un después en el desarrollo psíquico del niño, y se evidencia con el uso del yo. Atesoro el instante en que G., mi niño, dijo su primera palabra. También los momentos en que supo cómo usar los tiempos y modos verbales, y aún hoy me gusta mucho escucharlo usar los subjuntivos con exactitud. Ahora que lee y escribe cada vez con más soltura, me derrito de amor con sus cartas y mensajes cariñosos, que llegan envueltos en sobres de colores, con algún dibujo u origami. Y además me deleito con los descubrimientos que hace en su biblioteca (y en la mía).

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La invitación

Mi hijo tiene un amigo favorito en su escuela. Me habla de él casi todos los días desde que inició el ciclo escolar. Hace un par de meses llegó emocionado y me dijo: “ la mamá de T. me invitó a su casa, a jugar”. Me alegré por él, pero también pensé en los tiempos y las distancias. Días después me llegó un papelito con una dirección, un nombre y un número de teléfono. Le escribí a la mamá de T. Le dije que su casa quedaba a poquísimas cuadras de la nuestra (cinco minutos a pie) y que podríamos organizar una tarde de juegos con los niños. No me contestó.

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Nada que celebrar

El 8 de marzo no se celebra, se conmemora. Nos sirve para recordar que hay derechos que las mujeres aún debemos conquistar, y que hubo otras -antes que nosotras- que pelearon para que tengamos los derechos que ahora gozamos: derecho a la educación, al voto, al patrimonio, al divorcio, a amamantar. Es fácil en estas fechas caer en penosos reduccionismos que quitan la atención de lo importante. Y no solo me refiero a que haya quienes nos regalen flores y chocolates (cada vez menos, por suerte), sino a que haya quienes se limitan a recordar, por ejemplo, la violencia que sufrimos, sobre todo la física. Y no es que no sea menor, todo lo contrario: las mujeres debemos exigir aún el derecho a la vida, porque en el mundo nos matan sin tregua por el simple hecho de ser mujeres.

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Madres paralelas

Cada vez, ventajosamente, hay más libros, series y películas que abordan la maternidad de una y mil maneras. Materiales que dejan de lado los manuales con recetas de crianza tan variopintos, extraños y, cuando ya tenemos a la cría en brazos, inservibles. Porque, bien sabemos, que aprenderemos sí o sí a cambiar pañales, pero es más importante abordar las emociones y dilemas que surgen con la maternidad, temas de los que casi no se habla y que son los más difíciles de entender. Esas cuestiones que, como hijos, las dejamos, con suerte, para el diván del psicoanalista.

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Vulnerable

El positivismo tóxico no es lo mío. La falsa felicidad, exacerbada para hacerla creíble, me genera sospechas y, casi de inmediato, una sensación de preocupación. Estamos llenos de cómicos que atraviesan graves depresiones, de influencers del comentario optimista que viven infiernos que ocultan con frases motivadoras, o que no son los seres de luz que aparentan. Sostenerse en la sonrisa permanente puede ser agotador y como cualquier máscara se hace pesada. Cuando veo ese esfuerzo en personas que conozco, no puedo dejar de angustiarme. Creo más en la autenticidad de las emociones variadas y diversas, que podamos un día mostrar indignación y otros tristeza, empatía o alegría me parece sano y real, verdadero, humano, normal.

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Las madres en la política

Hoy escribo desde la mayor de las indignaciones. Hasta hace pocas semanas, no faltó quien aplaudiera la decisión del electo presidente de Chile, Gabriel Boric, de presentar un gabinete integrado mayoritariamente por mujeres. De igual manera, quedamos fascinados (sobre todo nosotras, las que somos madres) al ver la foto oficial en la que varias ministras posaban con sus hijos. Una imagen que visibilizaba la maternidad, los cuidados, el mundo doméstico. Sin embargo, cuando lo contrario sucede, guardamos silencio, no nos damos cuenta, y evitamos el tema por la razón que fuere.

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Adiós

No, no me estoy despidiendo del blog, mucho menos de la escritura. Este es mi espacio, mi hábitat, mi ecosistema más personal; mi flujo, el sitio donde me encuentro. A lo que le digo adiós hoy -porque no quiero que me ocupe ni un gramo, segundo o milímetro de mi espacio-tiempo- es a un tema: los falsos clones. No quiero volver a referirme en ellos.

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Sola

La primera vez que fui a terapia, mi analista muy pronto me dijo que yo tenía todo el perfil de una niña huérfana. Me llevó un tiempo entender la magnitud, el significado, de sus palabras. No solo era un sentimiento de orfandad o abandono con el cual –de una u otra manera- todos lidiamos, era algo más: era una realidad, parte de mi historia personal. Hasta entonces, no había reparado que, aunque mis papás estaban ahí, eran emocionalmente inexistentes la mayor parte del tiempo. Además, hubo también abandonos físicos: siendo adolescente me dejaron viviendo sola (a cuidado de adultos no disponibles, pero que atendían mis necesidades de techo y alimento) en dos ocasiones: la primera a los catorce años (cursé sola todo el año lectivo y fue uno de los años en que mejores notas tuve, porque sin necesidad de cumplir demandas ajenas me dediqué a leer mucho y me volví cinéfila), y luego a los diecisiete (esta vez a cargo, además, de mis dos hermanos que entonces tenían cinco y dos años, y que hizo que asumiera una suerte de maternidad precoz siguiendo -por instinto y responsabilidad- manuales clásicos de educación). Hubo en esas historias una coincidencia con mi terapeuta: ella fue dejada por sus papás en otro país para que terminara el colegio. ¿Cómo fue posible que tomarán una decisión así? Son tantas las respuestas racionales, pero las emocionales se hacen heridas que hay que sanar, tarde o temprano. Esos paralelismos en nuestras historias nos volvieron amigas y tuvimos que suspender el psicoanálisis.

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Las parejas

Tengo la impresión de que cada vez somos más las mujeres que criamos solas. No solo porque, como dicen muchas de mis mujeres cercanas, las parejas se involucran poco o siempre hay que decirles qué y cómo hacer (la famosa carga mental), si no porque somos madres solteras, o la relación con el padre terminó. Es fácil para ellos decir en cualquier minuto, por ejemplo, “no puedo verlo, me salió trabajo”. ¿Y los planes que yo tenía a propósito de que iba a estar sin mi hijo o hija, adónde quedan? Pues nada, parece que está claro para el otro que no tenemos vida más allá de los hijos.

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