Maternidad

Vulnerable

El positivismo tóxico no es lo mío. La falsa felicidad, exacerbada para hacerla creíble, me genera sospechas y, casi de inmediato, una sensación de preocupación. Estamos llenos de cómicos que atraviesan graves depresiones, de influencers del comentario optimista que viven infiernos que ocultan con frases motivadoras, o que no son los seres de luz que aparentan. Sostenerse en la sonrisa permanente puede ser agotador y como cualquier máscara se hace pesada. Cuando veo ese esfuerzo en personas que conozco, no puedo dejar de angustiarme. Creo más en la autenticidad de las emociones variadas y diversas, que podamos un día mostrar indignación y otros tristeza, empatía o alegría me parece sano y real, verdadero, humano, normal.

Hace unos años conocí a una mujer que nunca paraba: no tenía un solo día sin planes. Si no eran de trabajo, eran de ocio. Lo que en un primer momento me resultó admirable, incluso divertido, comenzó a llamarme la atención porque no había un minuto para disfrutar del dolce far niente, del placer de no hacer nada. Además, me di cuenta de que mis historias personales con alta carga de vulnerabilidad, le aburrían. Las evitaba. Comencé a guardar silencio, a dejar de compartir, y así me alejé poco a poco y definitivamente. No tenía mucho sentido continuar en una relación donde las conversaciones giraran en qué hacer la próxima semana o qué nuevo gadget o artilugio comprar. Sin duda puedo hablar de los colores de moda, de los hermosos paisajes de China, o de la mejor marca de zapatos para niños, pero no puedo sostener una relación sin crear nexos en los cuales pueda compartir la delicadeza y fragilidad de lo íntimo. 

Con el tiempo, me di cuenta de lo obvio: esta mujer buscaba estar permanente ocupada porque huía. Necesitaba planes para salir de su casa, que estaba de alguna manera invadida por todo tipo de familiares que llegaban con sus problemas, cada día, a primera hora de la mañana. Y por eso prefería organizar escapadas continuas. Un día, finalmente, en una reunión de amistades compartidas pudo decir entre lágrimas lo mucho que le dolía saber detalles de su historia familiar. No pudo articular más de una frase. Era obvio lo mucho que la afectaba, el miedo que le daba saber, y el porqué prefería siempre estar ocupada.

En cambio yo, no soporto la idea de morir engañada: me interesa tanto conocer cómo funcionan las estructuras de la sociedad, cuanto el origen de mis pesadillas. Me siento incómoda ignorando mis emociones, o actuando con indiferencia ante mi dolor. Yo voy a fondo. Y me resulta liberador saber la verdad, aunque -a veces- aparente o momentáneamente duela más, pero prefiero sanar la herida, tomar el aprendizaje y continuar como el Ave Fénix, que hacerme la tonta. Sí, por supuesto, también en esas etapas me gustaría dejar de llorar y sentirme feliz.

Y en esto me he pasado varias semanas: reflexionando sobre la vulnerabilidad. Hay quienes asocian el ser vulnerable con debilidad, sobre todo en un mundo donde es mejor ocultar las emociones, en el cual tenemos miedo a mostrarnos porque nos aterra el rechazo o la burla, en el que ocultamos o medimos el amor que podemos dar porque no queremos salir heridos. La vulnerabilidad es todo lo contrario a enmascarar nuestros sentimientos, a reprimirlos, a fingir que todo está bien. Y, sí, claro, nos expone a momentos no idílicos, pero importantes. Es que le tenemos mucho miedo al dolor aunque sea la puerta de arribo hacia la serenidad, el bienestar personal, emocional y espiritual, aunque sea lo que -al final- nos lleve a sentirnos en paz. A veces, preferimos mantenernos en relaciones insanas y dañinas porque no queremos aceptar el dolor que nos causan, el terror que nos da el qué dirán, o para evitar la imagen de fracaso.

En el camino de la vida no estamos exentos de vivir situaciones que nos hieran. Y muchas veces, por difícil que sea, hay que terminar relaciones no por nuestra incapacidad de perdonar sino por autorespeto y amor propio. Hay personas que actúan de maneras en las que minan nuestra confianza, que tienen capacidad para herir pero no para disculparse, que prefieren hacerse las distraídas antes de buscar el diálogo, que minimizan los sentimientos ajenos, que les cuesta muchísimo aceptar un error. Romper una relación de amistad, de pareja, familiar nunca es fácil, pero a veces es el mejor camino. Al final, nos quedamos con quienes sabemos estar bien. Y ese estar bien puede ser para unos pasar de fiesta en fiesta, para otros hablar de trivialidades, para algunos rotar (quizás utilitariamente) entre las relaciones sociales placenteras y los amigos de verdad con lo que sí se hablan las cosas que afectan, para muchos se trata de tener contactos más que amigos, también puede ser que se prefiera no cuestionar nada y solo flotar ante las circunstancias, y hay quienes (como yo) que preferimos relaciones con quienes podamos establecer conexiones, que nos cuiden y valoren, y que nos impulsen a evolucionar en un camino más humano. Cada quien elige lo que quiere y necesita. No hay más o menos, bueno o malo. Es solo una elección, la respetable elección de cada quien. Y mi opción es ser vulnerable.

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1 comentario en “Vulnerable”

  1. Que hermoso texto..me quedo con lo final, muchas veces también sucede que nos dejamos llevar por el estilo de vida del otro pensando que es divertido o más fresco, sin darnos cuenta que cada uno es materia de su propia realidad, y que saber convivir con lo verdadero, con lo que dura, he ahí el reto, mantenerlo y transformarlo, porque muchas veces lo que se muestra lindo, perfecto, divertido, solo son máscaras a no asumir una realidad tal cual…

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