Maternidad

No te quejes, no compares, no compitas

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Tres son los grandes ladrones de energía de las mujeres: quejarse, competir y compararse. Las tres C, por sus iniciales en inglés (complain, compite, compare). Esa es una de las enseñanzas de Kundalini Yoga que más atesoro. Cuando me siento cansada o enojada me doy cuenta de que estoy quejándome, cuando algo me entristece seguro que estoy comparando o comparándome, cuando siento algo de ansiedad casi siempre es porque estoy compitiendo. Las comparaciones no siempre son con otras personas, también se dan hacia situaciones: creemos que estuvimos mejor antes de tal o cual evento, o que estuviésemos mejor si tal o cual cosa pasara; competimos también por tener más de lo que ya tenemos sin recordar lo agotador que resulta mirar hacia un futuro irreal. En general, esas comparaciones, quejas y competencias pasan solo en nuestra cabeza porque cuando estamos enfocadasni competimos, ni nos quejamos, ni comparamos, nos concentramos en el presente y en nosotras mismas. Sigue leyendo “No te quejes, no compares, no compitas”

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Maternidad

Respira

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Tú, yo. Entra, sale. Inhala, exhala. Finito, infinito. Lleno mis pulmones de aire, sostengo y lo devuelvo. Tú, aire, entras. De mí, aire, sales. Si respiramos estamos vivos. Estamos vivos porque respiramos. Cerrar los ojos y respirar con consciencia me regresa a esa verdad fundamental: estoy viva.

En general, respirar más que un acto consciente es un acto mecánico. No nos detenemos a observar cómo respiramos. Solo cuando la respiración cambia, reparamos en ella: cuando la nariz tapada nos dificulta la entrada o salida de aire, cuando el gemido de un suspiro nos vacía el pecho, cuando el llanto nos obliga a tomar y soltar aire por la boca o cuando el ejercicio nos acelera el pulso y la respiración. Sigue leyendo “Respira”

Maternidad, Montessori

El berrinche de mamá

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G. tiene una canasta llena de pelotas de diversos colores y texturas. Son, más o menos, cincuenta pelotas. Esa canasta, un buen día, se convirtió en asunto de conflicto. Todas las noches, antes de ir a dormir, él las regaba por el suelo, yo lo animaba a recogerlas, él se negaba a hacerlo. Lo dejaba pasar mientras arreglábamos alguna otra cosa y cuando decía: “ahora, a recoger las pelotas”, se paraba en una esquina, me veía y no se movía. Se volvió un reto: opté por esperarlo, nada; le pedí que me las pasara pero me veía con indiferencia; le expliqué que mientras las pelotas estuviesen en el piso no podíamos pasar a otra actividad, que debíamos cerrar una para seguir con otra, nada. No había manera de que las recogiese y yo no entendía qué pasaba. Él siempre había sido muy ordenado y no había –hasta entonces- necesitado pedirle siquiera que recogiera algo porque lo hacía por su propia voluntad. Su negativa era solo con las pelotas porque si se le había olvidado alguna otra cosa fuera de su sitio, bastaba con hacérselo notar para que lo pusiera en su lugar. Pero ¿y las pelotas? Sigue leyendo “El berrinche de mamá”

Maternidad

Callar, amar y recibir

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Como El monstruo de colores, un niño de dos años tiene las emociones confusas. El personaje del bello cuento de Anna Llenas no distingue el miedo de la tristeza ni la rabia de la alegría. Entonces, hay quien lo ayuda a poner sus sentires en orden, a distinguirlos, a representarlos con un color. Así es un niño de dos años: un revoltijo de emociones.  Sigue leyendo “Callar, amar y recibir”

Lactancia, Maternidad, Montessori

24 razones

WhatsApp Image 2017-07-29 at 19.33.55Un día, hace algunos años atrás, Dharma, una de mis maestras de Kundalini Yoga, me dijo que una vez que comenzó con la práctica, le llegaron muchísimos retos y que después de un tiempo lo había perdido todo y lo había ganado todo. Dejó de ser la que era y pasó a ser la que hoy es. Puedo decir lo mismo de mi maternidad. Lo perdí todo, todo, pero también lo he ganado todo.

En estos veinticuatro meses perdí un departamento (aún sigo con el juicio a cuestas), renuncié a años de cátedra universitaria, dejé de lado ofertas laborales y opté por trabajos esporádicos en casa, terminé con mi relación de pareja, perdí un negocio y otro más, aparqué durante meses el trabajo doctoral al que me debía, cerré la granja de mis sueños y le puse el letrero de “se vende”. Dejé la ciudad en la que vivía, vendí mi carro y guardé en cajones lo que había construido durante años para dedicarme a ser mamá. Todo lo anterior me hubiera condenado a la tristeza absoluta sino fuese por la maternidad: con ella gané lo que de ninguna otra manera hubiese conseguido, me llevó a un viaje interior sin retorno.  Sigue leyendo “24 razones”