Maternidad, Montessori

El berrinche de mamá

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G. tiene una canasta llena de pelotas de diversos colores y texturas. Son, más o menos, cincuenta pelotas. Esa canasta, un buen día, se convirtió en asunto de conflicto. Todas las noches, antes de ir a dormir, él las regaba por el suelo, yo lo animaba a recogerlas, él se negaba a hacerlo. Lo dejaba pasar mientras arreglábamos alguna otra cosa y cuando decía: “ahora, a recoger las pelotas”, se paraba en una esquina, me veía y no se movía. Se volvió un reto: opté por esperarlo, nada; le pedí que me las pasara pero me veía con indiferencia; le expliqué que mientras las pelotas estuviesen en el piso no podíamos pasar a otra actividad, que debíamos cerrar una para seguir con otra, nada. No había manera de que las recogiese y yo no entendía qué pasaba. Él siempre había sido muy ordenado y no había –hasta entonces- necesitado pedirle siquiera que recogiera algo porque lo hacía por su propia voluntad. Su negativa era solo con las pelotas porque si se le había olvidado alguna otra cosa fuera de su sitio, bastaba con hacérselo notar para que lo pusiera en su lugar. Pero ¿y las pelotas?

Al ver que no se movía, se me ocurrió un término medio: “recojo algunas y luego tú”. Silencio e inmovilidad eran sus respuestas. Al final, cansada de esperar, las recogía yo. Luego le explicaba que las pelotas debían guardarse, que el orden es importante, bla, bla, bla. Pero al día siguiente, otra vez y otra y otra. El asunto pelotas tuvo su escalada: comencé a refunfuñar, a llamarle la atención con bastante mal humor y a decirle que estaba perdiendo la paciencia. Y de verdad comenzó a sacarme de casillas. Hasta que un día hice lo improcedente: “de aquí no nos movemos hasta que recojas las pelotas”, lo amenacé, lo senté junto a mí y –obvio- se puso a llorar. Cero en conducta para mamá. Respiré e hice a un lado el enojo. Me perdoné y traté de entenderme para no sentirme culpable. “Soy humana también; puedo perder los papeles”, me dije. Pero no pude olvidar que al frente tenía un niño pequeño de dos años que está aprendiendo de mí. Lo abracé, le pedí disculpas y recogimos las pelotas. Sí, recogimos juntos las pelotas por primera vez. Me sentí muy mal. No quería ni quiero que mi hijo haga las cosas porque le enojan a mamá.

Así comenzó un proceso de análisis profundo que me llevó semanas. Me pregunté: ¿Qué esconden las pelotas? ¿Por qué no las recoge? ¿Qué está pasando con él, conmigo? Porque, además, al día siguiente de este episodio, lo primero que hizo fue: lanzar las pelotas al piso. Cerré los ojos, no dije nada y las dejé ahí. Luego sin que lo viese, las recogí. A la noche, otra vez. Las dejé en el suelo hasta el día siguiente y las recogí en la mañana sin que me viese. Siguió una noche más y otra también poniendo a prueba mi autocontrol mientras hacía el ejercicio básico: observar sin juzgar para poder responderme ¿qué me está queriendo decir mi hijo? No llegué a la respuesta muy rápido pero al darme cuenta de la lentitud de mis descubrimientos, comencé a saber lo que pasaba.

Había tenido unos días muy complicados, de esos en los que literalmente me senté a preguntarle al universo qué me estaba queriendo decir porque ya no entendía nada. Durante el día, a cada dificultad nueva, respondía con angustia y mal humor. Y, en la noche, ¡¡las pelotas!! Esperaba a que mi niño se duerma para llorar de impotencia y comenzar a ordenar mis emociones.

Así me di cuenta de que estaba enojada conmigo porque no podía solucionar nada de lo que sucedía y, encima, no podía entender a mi hijo. En una noche de desvelo, le escribí a una amiga de esas con las cuales una puede desahogarse sin vergüenza. Me llamó y hablamos un par de horas. Solté todo y, al final, nos reímos. Pero duró poco: mi hijo se despertó y al ver que no estaba con él, se puso a llorar desconsolado, gritos y pataletas incluidos. Lo abracé, lo acosté, me quedé a su lado y vi cómo él exteriorizaba todo mi malestar. Ni más ni menos. Al rato se calmó, tomó agua, tomó teta y se durmió. Lo besé y le pedí disculpas porque entendí que le había contagiado mi mal humor. Al día siguiente se despertó con una sonrisa y yo con un orzuelo. La hinchazón desapareció por sí misma en pocas horas (por algún lado debía salir toda la carga emocional que había vivido).

¿Qué pasó con las pelotas? Esa noche lo volvió a hacer pero yo sonreí y me puse a encestarlas: entraron todas sin error y él se divirtió mucho viéndome jugar. Siguiente noche: el mismo ejercicio, esta vez él me pasaba las pelotas. Tercera noche: las pelotas venían de dos en dos. Después de una semana: encestábamos desde cada vez más lejos, nos equivocábamos, nos reíamos, le pasábamos pelotas al gato para que las atrapara. Y así, una noche, sin tiempo para jugar, le dije: “voy a traer agua, mientras tanto, recoge las pelotas”. Cuando regresé las había puesto a todas en la canasta y estaba apagando las luces porque ya nos íbamos a dormir.

Pensarán que el juego fue la solución. Más o menos. Llegué al juego porque me di cuenta de que mi hijo regaba las pelotas para llamar mi atención, para testearme, para saber si estaba o no enojada, para obligarme –en su lenguaje y con sus recursos- a divertirme y a dejar de lado lo que me estuviera molestando. Él lo único que quería es que no estuviese malhumorada. Regando las pelotas comprobaba mi estado de ánimo, veía mi reacción aunque yo tratara de disimularla. Además, acepté que el universo me estaba diciendo lo de siempre: todo está en tu mente, suelta, confía, todo se pone en su lugar. Así lo hice: comencé a hacer de lado las intrigas y los pensamientos negativos, apoyándome en las meditaciones de Kundalini que –por suerte- son el recurso que siempre me acompaña. Con el paso de los días todo se fue acomodando mágicamente. Cambié yo, cambió el orden de mis emociones (por eso el desorden me perturbaba), me llené de positivismo y alegría, dejé que la vida siguiese su curso.

María Montessori afirma que el niño es nuestro maestro, que todo se fundamenta en nuestra capacidad de seguirlo o para acompañarlo pero también para descubrirnos. Así fue: seguí a mi hijo, lo observé y vi que me estaba poniendo un espejo para que –esta vez- me observará yo. Lo dicho: tengo un maestro espiritual de dos años que limpia mi corazón de cualquier herida.

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2 comentarios en “El berrinche de mamá”

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