Maternidad

Sola

La primera vez que fui a terapia, mi analista muy pronto me dijo que yo tenía todo el perfil de una niña huérfana. Me llevó un tiempo entender la magnitud, el significado, de sus palabras. No solo era un sentimiento de orfandad o abandono con el cual –de una u otra manera- todos lidiamos, era algo más: era una realidad, parte de mi historia personal. Hasta entonces, no había reparado que, aunque mis papás estaban ahí, eran emocionalmente inexistentes la mayor parte del tiempo. Además, hubo también abandonos físicos: siendo adolescente me dejaron viviendo sola (a cuidado de adultos no disponibles, pero que atendían mis necesidades de techo y alimento) en dos ocasiones: la primera a los catorce años (cursé sola todo el año lectivo y fue uno de los años en que mejores notas tuve, porque sin necesidad de cumplir demandas ajenas me dediqué a leer mucho y me volví cinéfila), y luego a los diecisiete (esta vez a cargo, además, de mis dos hermanos que entonces tenían cinco y dos años, y que hizo que asumiera una suerte de maternidad precoz siguiendo -por instinto y responsabilidad- manuales clásicos de educación). Hubo en esas historias una coincidencia con mi terapeuta: ella fue dejada por sus papás en otro país para que terminara el colegio. ¿Cómo fue posible que tomarán una decisión así? Son tantas las respuestas racionales, pero las emocionales se hacen heridas que hay que sanar, tarde o temprano. Esos paralelismos en nuestras historias nos volvieron amigas y tuvimos que suspender el psicoanálisis.

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Las parejas

Tengo la impresión de que cada vez somos más las mujeres que criamos solas. No solo porque, como dicen muchas de mis mujeres cercanas, las parejas se involucran poco o siempre hay que decirles qué y cómo hacer (la famosa carga mental), si no porque somos madres solteras, o la relación con el padre terminó. Es fácil para ellos decir en cualquier minuto, por ejemplo, “no puedo verlo, me salió trabajo”. ¿Y los planes que yo tenía a propósito de que iba a estar sin mi hijo o hija, adónde quedan? Pues nada, parece que está claro para el otro que no tenemos vida más allá de los hijos.

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Monte Sinaí

Hay historias que no sé cómo empezar a contar. Siempre he dicho que desde mi escritorio, desde la realidad que me circunda, desde mi cotidianidad y la de mis amigos el mundo se hace estrecho, la vida real está fuera de la burbuja en la que nos desenvolvemos. Por eso agradezco cuando el trabajo me lleva a otras latitudes porque se enriquecen mi sensibilidad y mis reflexiones, me nutro de experiencias ajenas que se convierten en argumentos sólidos, y encuentro respuestas que superan los perjuicios, las frases hechas, la liviandad moral que circula en las redes sociales.

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Nuevos retos, nuevas voces, nuevos rumbos

Hace muchos, muchos años, la Vera Kohn, mi maestra, mi analista, un pedazo importante de mi vida, me dijo: “deberías trabajar con mujeres, con mujeres que sean madres”. Aún recuerdo mi cara de sorpresa. “Nada más distante de lo que hago”, le dije con una sonora carcajada. “Tienes que hacerlo”. Ella vio algo en mí que aún yo no percibía. Fue más que un consejo o una sentencia, fue una visión de mi destino. Quienes conocieron a la Vera saben que ella era así: tenía una sensibilidad enorme para ver en lo profundo del alma humana y adelantarse a las verdades que íbamos a descubrir.

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La pandemia 4/4

Despedirnos de E. fue lo más triste. Nos había acompañado mil ochocientos veinticinco días. Nunca dejó de reírse de mí, que pensé que necesitaría su ayuda solo un par de meses. Se quedó cinco años. Es tan parte nuestra que no hemos dejado de hablar al menos una vez por semana: sé de sus niños, de la enfermedad de su madre, del trabajo que -menos mal- no le falta y que era mi mayor preocupación. Después de tantos años, sabemos que contamos la una con la otra.

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La pandemia (3/4)

E. regresó a ayudarnos con las tareas de la casa cuando fue imprescindible. Habían pasado tres meses desde la última vez que nos vimos. Tres meses en donde los gastos básicos incluían mantener su salario, porque detrás de ella hay una familia, dos niños a los cuales preservar. E. volvió a ayudarnos porque debíamos emprender el viaje: G. y yo nos mudaríamos de ciudad. Había, entonces, que guardarlo todo en dos semanas y sola, sin ayuda, la misión difícilmente se cumpliría en los plazos pensados.

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La pandemia 2/4

Limpiar el baño o lavar los platos. Cocinar o barrer. Tender las camas o arreglar el patio. Jugar o trabajar. ¿Planchar? Negado, la ropa simplemente no se planchó más. El césped del patio no se volvió a cortar. Tampoco se limpiaron las ventanas ni se enlucieron los muebles. Tres meses sin ayuda doméstica fueron inmensamente grandes. Desde que G. nació siempre tuve quien resolviera nuestras necesidades básicas y arreglara el entorno para que él y yo nos dedicáramos a maternar. La pandemia nos dejó sin esa ayuda. Había primero que preservar la vida.

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La pandemia 1/4

He escrito poco en el blog este año. No ha sido un silencio forzado, más bien voluntario. Partió de la necesidad de analizar los hechos con la distancia que permite el tiempo. Confieso que al inicio de la pandemia dos fueron mis impresiones. La primera: que en el fondo nada cambiaría para mí en lo personal. Llevaba ya mucho tiempo dedicada a la maternidad en exclusiva, alejada físicamente de mis afectos más importantes (a excepción de mi hijo), desarrollando iniciativas productivas que tuvieran a la crianza y al quehacer materno como ejes principales, y con total contacto virtual con la mayoría de personas. Mi propio confinamiento que yo creía que ya se dirigía hacia su término, se alargó…

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El secreto

El mejor amigo de G. está por cumplir años. Él eligió el regalo. Estaba tan emocionado que su impulso obvio y legítimo fue querer contárselo en cuanto lo viese. Le dije que debía ser una sorpresa. G. ama las sorpresas. Pero insistió en que podía entregársela ese mismo día. Así que, por primera vez, le dije que no podía decir nada, que era un secreto. ¡¡Sí, un secreto!!, gritó emocionado. Sonreí y supe que había llegado el momento en que debía explicarle todo sobre los secretos.

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Aprender a leer

El periodista colombiano, Alberto Salcedo Ramos, tiene fijado un mensaje en su cuenta de Twitter, que nos define por completo: “Soy de los tiempos en que los niños aprendían a leer en casa, enseñados por sus madres. La mía me enseñó a leer, y aunque a veces, en el proceso, perdía la paciencia, jamás tendré cómo pagarle eso. Yo digo que cuando me enseñó el alfabeto me parió por segunda vez”.

A mí me leyeron desde siempre. Y mi amor por las letras comenzó con memorizarlas, con ubicar dónde decía qué en cada uno de los cuentos y revistas de cómics que tenía, y que hacía que me repitieran una y otra vez. Sin embargo, me enseñaron a leer en la escuela. No sé cómo fue. De negativo no hubo nada porque tenía tantas ansias de aprender. Supongo que solo me entregué. De lo que sí tengo memoria es de mi deseo por leer cada vez más rápido y de que aumentara la dificultad un poco más cada día. Y una vez que supe leer nada me detuvo.

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