Maternidad

Hay madres y madres y madres…

La maternidad es un tema complejo, lleno de aristas, matices, blancos, negros y grises. Durante generaciones hemos visto homenajes empalagosos a las madres en su día. Es como si los hijos no pudieran cuestionar aquello del amor incondicional. Y a mí eso me parece una trampa. Una celada para que las mujeres creamos que ese es el mejor (o el único) papel que podemos cumplir, para que convirtamos en sinónimos el amor y los cuidados en lugar de ver en ellos lo que es: trabajo no remunerado y menospreciado socialmente. Tanta cursilería solo para que no cuestionemos la maternidad, sus formas, su obligatoriedad o su ausencia de derechos.

No, no es lo mismo maternar en los países nórdicos que entregan años de permisos de crianza, que ponen a la infancia en primer lugar, que brindan servicios de atención médica y psicológica para la madre, que no niegan la depresión posparto y reconocen la dificultades de la conciliación, que maternar en el Tercer Mundo donde todos estos temas se miran con recelo y como un atentado a la necesaria productividad mal pagada.

Hace poco, mi amiga C. comenzó un nuevo trabajo. Su bebé tiene seis meses. Tuvo que lidiar con funcionarios que desconocían que sus horas de lactancia son un derecho constitucional entregado a los menores que necesitan el alimento que su mamá les provee. Semanas y semanas de consultas hasta que tuvieron que reconocer que tenía horario de trabajo como mamá lactante. Eso para muchos es una tontería que se resuelve con niñeras y leche de fórmula. Pero no todas las mujeres pueden pagar una niñera. No todas las mujeres cuentan con otra mujer (familiar o no) que las ayude a cuidar a sus hijos mientras no están. Y algunas mujeres tienen clarísimo que la lactancia no solo es leche sino contacto, fortalecimiento del vínculo, creación del apego, y eso es insustituible aunque muchos piensen que son novelerías hippies.

La maternidad es un trabajo físico y emocional de alta demanda. Nos confronta de muchísimas maneras, día a día. Muchas queremos salir corriendo de una responsabilidad que sentimos que a ratos nos ahoga. Otras lo vemos como una oportunidad de autodescubrimiento. Y no faltan quienes a veces queramos escapar y otras aceptemos con serenidad lo que vivimos. Ser madre nos vuelve inmensamente vulnerables. Cada mujer con sus mecanismos y herramientas, con sus miedos y rechazos, con los recursos materiales y emocionales que tiene disponibles, cría, cuida y construye una relación con sus hijos. Si al inicio (a veces) las hormonas o las neuronas espejo ayudan, como en toda relación filial y afectiva, con el paso del tiempo hay que construir, sostener, nutrir la relación. Los hijos no tienen que querernos por mandato, nosotras (porque somos las adultas de la relación) les enseñamos (valiente tarea) lo que es el amor y qué significa amar (y si optamos por el amor romántico, ya sabemos lo que nos puede esperar como resultado). La relación con los hijos se debe cuidar para crear un vínculo sano que les permita confiar. Y eso no es fácil.

Por eso hay madres y maternidades de todo tipo. Esa relación es -quizás- la que más se trata en los divanes de terapeutas y la que más se evita cuestionar socialmente. Y también hay mujeres que sin ser madres, nos acompañan amorosamente. Yo tengo muchas amigas madres. Y también muchas que no lo son, no lo quieren ser o pasaron el duelo de no poder serlo. Esas amigas tienen en común una característica similar: incluso aquellas que creen que tienen su femenino atrofiado pueden conectar con su poderoso don para sostener, cuidar, cobijar, nutrir, escuchar y empatizar, para darse desde lo más auténtico de su corazón. Eso que llamamos maternar y que no es característica exclusiva de quien tiene hijos.

Hay madres de todo tipo, como mujeres e historias. Yo celebro en nosotras, madres con o sin hijos, madres que han querido o no han querido serlo, la inmensa capacidad de transformar nuestro mundo. Brindo siempre, y no solo en mayo o en marzo, por aquellas mujeres, las locas que no cuidaron las formas y gracias a quienes ganamos derechos. Y también por las madres solteras, las que crían solas, las que trabajan en lo que sea para alimentar a sus hijos, las que viven violencia, las que son discriminadas por ser madres, por su color de piel, por su nacionalidad; por las que amamantan, las que no tienen leche, las que se inventan un millón de historias para que sus hijos se duerman, las que gritan y luego lloran llenas de culpa, las que en medio de la adversidad nunca dejan de creer, las que son capaces de poner en una lancha a su hijo para salvarlo de la guerra, las que buscan justicia, las que no le temen ni a los tanques ni al poder para encontrar la verdad sobre la muerte de sus hijos e hijas, las que no se dan por vencidas, las que pelean, protestan, alzan su voz; por las que sin ser madres maternan, las que han abortado, las que han parido, las que han adoptado, las que sufrieron depresión posparto o durante el embarazo, las que perdieron hijos, las que vencen estereotipos, brindo por la inmensa variedad de mujeres que van más allá de lo que la sociedad o la familia han planeado para ellas. Ojalá algún día no muy lejano llenemos las calles con nuestras crías al lado para pedir más derechos.

Y por mujeres hermosas y sabias como la mamá de mi amigo V. quien se quedaba callada, cuando él le hacía ciertas preguntas en su niñez o adolescencia. Mi amigo, que es matemático, cuando se convirtió en adulto le preguntó a su mamá por ese silencio. Ella le explicó lo siguiente: “no decía nada porque rezaba, pedía que encontraras alguien que pudiera responderte lo que yo no sabía”. Salud por las mamás que no tienen respuestas y no tienen vergüenza de reconocerlo. Gracias a los hijos que nos permiten descubrir quienes somos y podemos ser, que nos hacen rezar aunque no tengamos creencias.

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