Maternidad

Nada que celebrar

El 8 de marzo no se celebra, se conmemora. Nos sirve para recordar que hay derechos que las mujeres aún debemos conquistar, y que hubo otras -antes que nosotras- que pelearon para que tengamos los derechos que ahora gozamos: derecho a la educación, al voto, al patrimonio, al divorcio, a amamantar. Es fácil en estas fechas caer en penosos reduccionismos que quitan la atención de lo importante. Y no solo me refiero a que haya quienes nos regalen flores y chocolates (cada vez menos, por suerte), sino a que haya quienes se limitan a recordar, por ejemplo, la violencia que sufrimos, sobre todo la física. Y no es que no sea menor, todo lo contrario: las mujeres debemos exigir aún el derecho a la vida, porque en el mundo nos matan sin tregua por el simple hecho de ser mujeres.

El punto es que si recordamos en un día como hoy, solo la violencia física que recibimos (asunto que -además- tiene una fecha específica de activismo), se nos quedan por fueran asuntos importantísimos que incomodan a las élites mucho más que la violencia (que -hoy por hoy- muy pocos se atreven a justificar, o al menos ya no lo hacen en público). ¿A qué asuntos me refiero? A la igualdad salarial, a la economía de cuidados, a la ampliación del permiso de maternidad, al establecimiento de licencias de paternidad, a la responsabilidad compartida de los asuntos domésticos y de crianza, a los derechos laborales que nos incumplen a las mujeres solo por ser mujeres: por estar casadas, en edad fértil, en periodo de lactancia… Me refiero a que no todas tenemos los mismos derechos, y mientras esto siga así, esos derechos se convierten en privilegios.

Muchas de nosotras que hemos disfrutado de derechos ya consagrados, pensamos que la realidad es igual para todas, y no, no lo es. Pensamos que ciertos asuntos son personales y no políticos. Esta postura le resulta muy cómoda al liberalismo, por eso prefieren hablar de conciliación, de mujeres guerreras, recordarnos que podemos con todo. Y no, no se trata de eso. No podemos reducir la realidad a cuestiones particulares.

Por un lado, el ejercicio de la maternidad es un derecho que los Estados deben proteger. Y eso no se resuelve abriendo más guarderías sino ampliando los periodos de maternidad, compartiéndolos con los padres, y entendiendo que el posparto y el cuidado de la primera infancia es importantísimo para la salud física y mental de los niños y de sus madres. Cuando tocamos la economía, incomodamos al poder real. Entonces, mejor hablar de violencia porque el opresor se puede particularizar: el discurso se centra en las parejas y lo mal que elegimos las mujeres, y no en un modelo sostenido por diferentes estamentos. Por eso, cuando señalamos que el verdadero responsable es el sistema, el Estado y el modelo económico, de inmediato se mira para otro lado y se habla de exageración.

Las mujeres vivimos enormes desigualdades, que aumentan dependiendo de nuestra condición social, económica, cultural y étnica. Durante la pandemia, fuimos las mujeres quienes más nos empobrecimos. Estadísticas de otros países latinoamericanos establecen que por cada hora que aporta un hombre a las actividades de cuidado no remunerado, las mujeres entregan casi tres, o que el hecho de que una mujer se quede sin el familiar que cuida a sus hijos (casi siempre una mujer de la tercera edad, en general, su madre) supone una pérdida de al menos 20 % de sus ingresos. Las violencias, el discrimen, la precarización laboral de aquellas que por generaciones no han tenido acceso a servicios básicos, a trabajo formal remunerado, a educación y salud, aumenta comparativamente frente a quienes sí lo hemos tenido.

Cada 8 de marzo, las mujeres marchamos por nuestros derechos, por nuestros hijos, por nuestros cuerpos; alzamos la voz en contra del racismo, la xenofobia, la aporofobia, la precarización laboral, el sexismo; exigimos que nuestras vidas se protejan, se cuiden, se valoren. Y la lista sigue y seguirá, porque mientras una de nosotras no tenga los mismos derechos que todas, tendremos razones y motivos suficientes para luchar.

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