Filosofía Montessori, Maternidad, Montessori

Pipí y popó en el inodoro

Diseño sin título (4)

Mi mamá cuenta muy orgullosa que dejé el pañal al año. Lo dudo un poco. Los retazos de su historia me hacen sospechar que me levantaba seca y ella me sentaba en algún orinal, pero el resto del día –seguro- iba con pañales. Tampoco he querido refutar sus recuerdos. Con G. siempre supe que él marcaría las pautas. Antes de su nacimiento ya sabía de muchas historias en donde los niños la pasaron mal por este tema: estrés y frustración de los adultos, negativas a dejar el pañal, fobia al inodoro o a la bacinilla, estreñimiento. Los entrenamientos de plano me parecen indignos: me causa dolor el solo hecho de imaginarme a un niño haciéndose pipí o popó encima hasta que aprenda a hacerlos en el lugar y de la forma en la que un adulto espera. 

A la par de estas malas experiencias también conocí otras distintas: niños a los que no se les enseñó nada y que un buen día decidieron por sí mismos decirle adiós a los pañales y usar el inodoro. Esa fue la opción que tomé. Cuando conocí el método Montessori, además, certifiqué que los niños hacen lo que hacen guiados por su ser interno, por su interés genuino, por su ansia de aprendizaje. Las instrucciones –a la larga- les generan frustración porque se interponen en su natural deseo de descubrir el mundo y a sí mismos. A esto se unió la referencia del pediatra: el control de esfínteres comienza a los dos años y medio. Punto. Entonces, y un poco preocupada por numerosas historias de niños que se hacían pipí en la cama hasta los cinco, seis o siete años y lo mal que la pasaban, leí lo que Laura Gutman y Carlos González refieren al respecto: no hay que adelantar ningún proceso, hay que respetar el ritmo biológico, los accidentes seguirán sucediendo, la enuresis (como también me dijo el pediatra) está relacionada con problemas físicos en la mayoría de casos. Así que: nada de que preocuparse, solo dejar que todo suceda por sí mismo.

Desde los nueve meses, más o menos, G. descubrió por accidentes cotidianos que de su cuerpo salían líquidos y algo un poco más sólido. Una vez que cumplió un año supo que “eso” tenía un nombre: llamó popó a todo lo que tenía relación con el pañal, el cambio de pañal, el baño y también el acto en sí mismo. Desde los dieciocho meses ya diferenciaba los nombres e introdujo un sinónimo: caca. Comenzó también a mostrar interés por el rito y a reproducirlo: subirse con mi ayuda al inodoro, fingir que hacía algo, tomar papel higiénico, botar el agua y lavarse las manos. Introduje entonces una bacinilla (a la que poco o ningún caso ha hecho) y un aro para el inodoro, para que se sintiera más cómodo cuando quisiera sentarse allí. A partir de entonces también decía pipí o popó, según correspondiese, cuando casualmente estaba desnudo (durante el baño, por ejemplo) y la naturaleza hacía lo suyo. De igual forma, su reloj biológico era impecable: sus evacuaciones eran siempre en los mismos horarios (lo que llevó a que muchos me dijeran que estaba listo pero no les hice caso).

Antes de cumplir los dos años, algo nuevo sucedió: decía pipí o popó el momento en que lo estaba haciendo en su pañal. Así, llegaron los cambios inmediatos (sobre todo cuando se hacía popó, que era cuando más lo informaba). Le regalé un libro con imágenes de un niño que está en la transición de pañal a calzoncillos para que viese lo que a él le estaba pasando. En cuestión de días se sumó algo más: como usamos pañales de tela, G. quiso botar él mismo sus desechos. Es decir, la segunda parte del uso del baño comenzó a ejecutarse. Y, entonces, pocos días después de cumplidos los dos años pudo hacer la mitad en su pañal y la mitad en el inodoro. No avisó siempre pero sí con frecuencia. No lo decía tampoco cuando se trataba del pipí solo del popó. Es decir, reconoció y pudo controlar primero sus ganas de hacer popó.

Una noche después de su baño, mientras él corría de un lado al otro y yo intentaba vestirlo, me dijo: “pipí, popo en el inodoro”. Me llamó la atención porque no suele hacerlo a esas horas. Pero lo seguí: corrió a la habitación contigua y dejó en su lugar el juguete que tenía. “Pipí, popo en el inodoro”, repitió. Le dije que fuésemos al baño que estaba más cerca y que tenía el aro pero me dijo: “no, otro baño.” Estaba más lejos. Fuimos. Lo senté y lo hizo. Se puso de pie para ver el popó (en todos los baños le di opciones donde reposar los pies para que le fuese más cómodo). Se volvió a sentar. “Pipí”, dijo. Se acomodó bien e hizo pipí. Si no se hubiese acomodado todo el pipí hubiese salido por fuera del inodoro. Felicidad total en él. Sonrisas mías aunque estaba muy contenta por la alegría de su logro. Nada de aplausos o celebraciones que no vienen al caso y que –como recomienda Montessori- no son necesarios sino, más bien, contraproducentes. Higiene, limpieza y lavado de manos. Y yo: perpleja, maravillada ante la revelación de lo natural, de lo biológico. Impresionada del tiempo que controló los esfínteres: quizás, no más de un minuto pero para su edad me parece bastante; y de su segundo control: sentarse bien antes de hacer pipí. Esta fue la primera vez. Ya veremos cómo sigue el proceso. Además, aún es un lactante y continúa con las tomas nocturnas, con lo cual puede que duerma con pañal durante mucho más tiempo. Pero eso no lo sé yo. Sucederá cuando deba suceder, no antes ni después. Sin presiones, con respeto, sin direcciones, los procesos de los niños simplemente se dan. Lo que deba de ser, simplemente será.

La segunda parte del control de esfínteres, la puedes leer aquí.

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