Filosofía Montessori, Maternidad, Montessori

Lo que me regaló el silencio

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Estuve muchos meses cuestionándome los momentos en los que alzo la voz. Casi siempre era porque algo me impacientaba o me asustaba. No me gustaba. Había algo en esa manera de expresar las emociones que no me parecía adecuado, menos aún con un bebé cerca. Ya de por sí ellos recurren al grito para manifestar su frustración, y si tienen cerca a alguien que lo hace cuando se molesta, el mensaje es claro: así se expresan las emociones. Necesito aprender a hablar pausadamente en esos momentos, me dije una y otra vez. Necesito silencio. Y como todo lo que uno desea de corazón, viene, me quedé afónica por unos días. Esos días de silencio me sirvieron para darme cuenta de que muchas veces realizo señalamientos verbales innecesarios: le digo a mi hijo cosas que él se va a dar cuenta por sí mismo: por ejemplo, que si no mira con atención cuando se sirve agua, se le va a regar del vaso. No gano nada advirtiéndole porque lo privo de vivir su propia experiencia, sacar sus conclusiones y vivir sus logros. Bien lo dice María Montessori: se trata de acompañar, de observar con respeto y de ayudar cuando te lo piden. Creemos que los niños no saben desenvolverse en el espacio físico y la verdad es que los adultos actuamos como una barrera que los frena todo el tiempo a constatar y descubrir todo de lo que son capaces.

Me di cuenta también de que para “llamar la atención de alguien” no son necesarias las palabras. Podemos acercarnos y tocarles el hombro. En esos momentos, en lugar de alzar la voz, el contacto es más delicado. En mi caso, saber que voy a invadir el espacio personal de alguien al tocarlo, me hace actuar con mucha sutileza. Si estaba impaciente o asustada, al moverme con cautela y guardar silencio, inmediatamente todo cambiaba: se volvía tranquilo, el otro se fijaba sin alterarse y el problema se resolvía. La conclusión fue obvia: no hace falta enojarse ni mostrar el enfado. El otro no hace lo que hace para irritarnos (no somos el centro de su universo), el otro ya libra sus propias batallas. La enseñanza fue evidente: si actúo así siempre, usando mi voz para lo realmente importante, entonces, a mi hijo se le hará mucho más fácil aprender a manejar sus emociones, a saber que no es necesario gritar, a saber comunicarse. Así se construye un adulto Montessori.

Muchas veces nos preguntamos por las reacciones de nuestros hijos sin mirarnos al espejo. Ellos solo nos devuelven lo que han aprendido de nosotros. “¿Por qué dice tonta, mala o palabras mayores?”, se preguntan los papás con frecuencia. La respuesta es fácil: porque lo escuchó de ti.

Muchas veces decimos que no los tratamos así, que jamás les hemos dicho tontos o malos. No importa. Ellos, seguro, te escucharon diciéndoselo a alguien más y lo almacenaron. No importa la edad tampoco: los bebés están aprendiendo todo el tiempo y tienen memoria. Lo único que no pueden es hablar y decirnos: “te acuerdas aquella ocasión en la que una señora se cruzó en el parqueadero y dijiste: ¡Pero qué tonta! Me quedó claro que cuando no me gusta lo que los otros hacen puedo decir: tonta.” Así de fácil. Esos bebés, además, crecen y cuando ya puedan hablar con fluidez nos recordarán todo, sobre todo lo que no queremos ver.

Decimos muchas cosas inapropiadas todos los días; ponemos énfasis que demuestran fastidio, enojo o rechazo; nos dirigimos con voces dulces y melodiosas, con diminutivos, cuando queremos algo de alguien pero cuando estamos de malhumor o queremos marcar distancia, lo tratamos por su nombre. Muchos niños lloran cuando los llaman sin el diminutivo respectivo. Por eso, su nombre no puede ser usado con enfado. Ese es un ejercicio fundamental: hablar a los hijos siempre con calma, decirles por su nombre como si fuese siempre sinónimo de “amor mío”, guardar silencio en lugar de retar (los niños saben lo que hacen), aprender a comprender. Así nos vamos dando cuenta de lo inútil que resulta vivir enojado y vamos construyendo un mundo que no viva lleno de furia.

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2 comentarios en “Lo que me regaló el silencio”

  1. Gracias Andrea te leo siempre atenta y curiosamente, descubriendo en tus palabras muchas de mis experiencias y de lo que quiero ser y decir. Felicitaciones por poder escribir y ayudarnos a ubicar en palabras y sensaciones este mundo de la maternidad. Te abrazo . Alexa

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