Maternidad

Las mujeres que admiro

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Antes de ser madre tenía una admiración especial por cierto tipo de mujeres: por un lado, aquellas que irradiaban mucha seguridad en sí mismas, que hablaban claro y directo, que se sentían contentas con su carrera profesional porque las hacía sentir útiles y con posibilidades de transformar el mundo. Admiraba también (y sigo admirando, claro) a las mujeres que no se detuvieron ante nada: rompieron los prejuicios religiosos, sociales o políticos de sus familias o la sociedad y siguieron adelante, mujeres que dejaron huella y que hicieron mi realidad mucho más fácil. Nunca olvido que también somos el resultado de la historia, que si tuve acceso a la educación, el divorcio o el trabajo remunerado fue porque en su momento una mujer peleó por ello. Antes de ser madre también veía con admiración a las mujeres serenas, que mostraban paz interior, que habían dado un cambio radical para vivir más simple y dedicadas a lo que las hacía felices sin pensar mucho en competir o ganar. Había cierto misterio en ellas, algo que no podía descifrar, aún. Ese misterio se develó cuando fui mamá. Hay una fuerza poderosa que se activa luego del parto, una sensibilidad extrema, una capacidad sensitiva que nos acerca a la intuición, al inconsciente. Nuestra historia personal se activa y levanta los recuerdos, nos hace analizar de manera diferente la propia vida, vemos con otros ojos o nos detenemos en detalles que antes no habíamos percibido: la niñez feliz que pensamos tener ya no lo es tanto, descubrimos heridas, vacíos, ausencias. Abrazamos a nuestros hijos como si nos acunáramos también a nosotras. Esa fragilidad nos regala cierta serenidad, vemos la vida con más simpleza aunque no tanto cuando se trata de la maternidad y de descubrirnos en ella.

De las madres y sus preocupaciones sabía poco hasta que fui mamá. De mis amigas (y tengo muchas que tienen hijos) solo dos me compartieron sus experiencias con altos y bajos, retos y logros, miedos y alegrías. Con ellas fui entendiendo una faceta muy sutil de lo femenino. Cuando tuve a mi hijo las entendí por completo. Ahora, con ellas, me cuestiono lo poco que hablamos las mujeres de lo que significa ser madre. A algunos de quienes no son padres ni madres, el tema les puede resultar distante y ajeno. A otros, en cambio, la maternidad les puede parecer un tema insignificante. Miran con cierto desdén a las madres y piensan que una mujer cuando se convierte en una de ellas pierde parte de su inteligencia y se vuelve menos interesante (a una amiga le han dicho muchas veces que ya no tiene nada que contar). Quizás por eso tanto silencio.

Por mi parte, me di cuenta, desde el primer minuto, lo mucho que me hubiese servido si todas las mujeres-madres me hubieran contado, con honestidad, sus vivencias. Esa imagen edulcorada que resume todo en: “qué lindos son los bebés” nos puede hacer mucho daño. Sí, son lindos pero eso no es lo más importante. Hay más, muchísimo más. Me hubiese servido conocer lo que vivían para ser –en su momento- más empática y comprensiva. Lo era pero me parece –ahora- que no hice nada. Y no lo hice porque no tenía información.

Mi propio silencio original (el de los primeros meses después del parto) se debió a que no encontraba los oídos adecuados. Todo lo que me decían u opinaban no coincidía con lo que yo sentía. Encontré voces similares en mi chat de lactancia, a esas mujeres les debo todo, más de lo que se imaginan. Cada vez que aparecía una nueva miembro, me sorprendía al constatar que las preocupaciones se repetían en cuanto nace una nueva madre. Y, sin embargo, el silencio sigue.

Fue Lili, una de las doulas que acompañó mi parto, quien, con su luz y generosidad, me dio una clave: “escribe, no todas lo pueden poner en palabras; si tú lo haces sentirán su propia voz”. Así comencé. Por eso sigo. Escribir me pone en orden emociones y afectos, enojos y alegrías, frustraciones y retos. Es mi recurso y lo entrego a diario a quien le pueda ser útil.

Desde que soy madre, las mamás que he conocido, al igual que yo, están llenas de dudas, de batallas internas. Aprendemos no solo a cambiar pañales si no también a conciliar nuestras numerosas facetas, a rearmarnos, a descifrar nuestro propio rompecabezas.

En este camino he conocido mujeres a las que admiro por tantísimas razones: a la que tuvo una labor de parto cortísima y casi no sintió dolor, a la que dio a luz en el auto, a la que lloró después de su cesárea; a la que se despierta a las cinco de la mañana para extraerse la leche y dejarle a su bebé el alimento necesario, a aquella que tuvo miedo y le dio leche de fórmula, a la que amamanta a dos, a la que amamanta más de dos años, a la que sigue con la lactancia pese a que su bebé rechaza su pecho. Admiro a las que se cuestionan, se enojan, buscan mejores respuestas, pediatras, comidas. A la que se pelea con el marido porque no ayuda lo suficiente, a la que cría sola, a la que sostiene su matrimonio. Admiro también -¡cómo no!- a las que perdieron hijos, a las que decidieron no ser madres, a las que luchan por serlo, a las que intentaron de todo hasta que lo lograron, a las que adoptaron. Todas son mujeres preocupadas por dar lo mejor posible, por encontrar el bienestar propio y ajeno, por hacer su camino.

Admiro por igual a las que trabajan fuera y dentro de casa, a las que deciden quedarse a cuidar los niños. A las que han enfrentado grandes dolores, pérdidas o retos pero no se dan por vencidas. Y admiro especialmente a las que crían niños con enfermedades complicadas, autistas o con capacidades diferentes. Cuando me encuentro con la alegría y la entrega de esas mujeres, veo la serenidad que había buscado. La que dan la aceptación y la humildad, el haber descubierto lo realmente importante: la vida es un aprendizaje continuo. Sin sufrimiento, sin quejas, todo es alegría y gratitud.

Cierro los ojos y veo el amor inmenso que esas mujeres tienen para dar, la gran paciencia que las acompaña (aunque a veces lo duden) y se convierten en un modelo a seguir: son las que triunfan sobre su propio ser, las que aprenden que no hay desgracias, que todo lo que vivimos son bendiciones, las que encienden con su sonrisa la luz de los otros. Esas son ahora las mujeres que más admiro, las magas, las que pueden convertir en amor todo lo que las toca. Ellas, que pueden admitir errores y dolores para hacerse más fuertes. Las que se observan y quieren cada día, desde su corazón, encontrar una mejor versión de sí mismas.

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6 comentarios en “Las mujeres que admiro”

  1. Los hijos muchas veces nos hacen ser mejores seres humanos; increíble que en su pequeñez nos den lecciones de vida y muchas veces nos permitan curarnos! Es maravilloso! Que lindo haber coincidido en esta etapa de mujer contigo 😘

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