Maternidad

Callar, amar y recibir

Diseño sin título (14)

Como El monstruo de colores, un niño de dos años tiene las emociones confusas. El personaje del bello cuento de Anna Llenas no distingue el miedo de la tristeza ni la rabia de la alegría. Entonces, hay quien lo ayuda a poner sus sentires en orden, a distinguirlos, a representarlos con un color. Así es un niño de dos años: un revoltijo de emociones. 

Siempre he creído (y lo sigo creyendo) que mi hijo es un santo: ordenado, paciente, colaborador, independiente, amoroso. No puedo decir que haya hecho berrinches. Y creo que tengo un hijo sin berrinches porque tiene bastante autonomía de movimiento; porque puedo identificar bien sus demandas: sueño, hambre, ganas de jugar, pasear o investigar; o porque puedo traducir su llanto: “te extrañé”, “me asusté”, “me dolió”… Sin embargo, cumplió  los dos años y todo se aceleró un poco: necesita una respuesta inmediata a algunos pedidos, se enoja si no puede solo y se enoja más si acudo a ayudarlo o si no acudo a ayudarlo pronto (es una lotería saber cuándo es lo uno y cuándo lo otro). También puede llorar desconsolado si no entiende lo que está pasando: solo se calma si ve la solución ante sus ojos porque no hay palabra que valga o que le explique algo. Así, llegamos al sábado pasado y a una crisis de llanto que me movilizó por completo.

G. tiene un coche para pasear al que se puede subir solo y ajustarse el cinturón. Una vez que está listo pide que lo saque a pasear. Este fin de semana se sentó sobre el cinturón de tal manera que podía ajustarse una correa pero no la otra porque estaba muy corta. Me llamó. Acudí. Vi lo que pasaba. Le pregunté si quería que lo ayudase pero no me dejó terminar la frase mucho menos tocar el cinturón. Rompió a llorar desconsolado y con mucha frustración. Le pedí que hiciera un intento y me escuchara, que me dejara ayudarlo. Nada. Ni lo uno ni lo otro. Tampoco quise intervenir sin su permiso porque me resultaba violento quitarle las cintas de las manos, levantarlo para acomodar las correas y volverlo a sentar. Eso si me hubiese dejado hacerlo, si no decidía patalear y rebelarse ante la invasión. Tuve “la mala idea” de sentarme en el suelo para estar más cerca de él. Eso, lo enfureció. Se bajó del coche y se lanzó a mis brazos. Lo abracé pero no dejaba de llorar y patalear. Sudaba. Lo desvestí poco a poco, le lave las manos y los pies pero no se calmaba. Al rato se puso en mi pecho y sollozaba. Creí que podía, entonces, explicarle lo sucedido pero ni bien intentaba hablar, se ponía a gritar. No quería oír nada del asunto, nada. “Si pudieras escuchar”, le dije. Y fue peor. Nuevamente me quedé en silencio, lo comencé a vestir y, entonces, cuando vio que le ponía los zapatos, se calmó. Se acordó adonde iríamos y comenzó a hablarme. Yo solo quería llorar. De verdad. Me sentí impotente porque no supe calmarlo a tiempo, porque mi hijo había llorado por interminables diez o quince minutos sin que yo pudiera calmarlo de ninguna forma.

Me sentía muy nerviosa, además, porque una vez que terminé de decir “si pudieras escuchar”, mi voz interior me preguntó a mí: “¿a ti, quién no te escucha?” Me di cuenta, de golpe y porrazo, las innumerables veces que me he sentido hablando a oídos sordos. Reviví lo frustrante y doloroso que es no sentirse escuchado. Pero fui más allá. Inmediatamente me di cuenta de que era yo quien no había oído a mi hijo, que no había podido interpretar adecuadamente sus demandas, que quizás debí haber actuado rápido y sacado las cintas sin esperar ni cuestionarme lo violento o no del hecho. Sentí mucha tristeza pero hubo algo más porque cuando la voz interior habla, no para, va a lo profundo. Terminé la noche preguntándome por las muchas veces que me he quedado atada a cuerdas que pueden zafarse fácilmente pero yo no miro porque no hago más que llorar y quejarme. Mi drama no me deja ver que la solución está ante mis ojos. Recordé (y no es coincidencia) que llevo varios días haciendo como cuarentena una bella meditación de Kundalini Yoga para aprender a recibir. El gran llanto de mi hijo fue un regalo de lucidez porque lo que recibí fue un gran cuestionamiento: ¿Cuántas veces mis gritos no me han dejado oír lo que el universo tiene para darme, para regalarme, para enseñarme? Si tan solo pudiera callarme y escucharlo. Si tan solo no eligiera llorar, podría escuchar las soluciones que el infinito –con inmenso amor y compasión- me susurra al oído.

PD: Al día siguiente, mi niño se puso frente al coche del conflicto y me llamó. Entonces, sí pude explicarle y él pudo oír. Ensayó desde el error y practicó la solución. Al rato, se río, se subió, se ajustó las correas y nos fuimos a pasear. Sonreí. Tengo un hermoso maestro espiritual de dos años y pelo ensortijado. ¡Wahe Gurú!

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1 comentario en “Callar, amar y recibir”

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