Maternidad

Como las olas del mar

ocean-wave-1149174_1920

El inicio

Treinta semanas de embarazo. Varias personas nos habían hablado de La Primavera así que fuimos a conocerla. Subimos por un pasillo adornado por fotos de bebés y se me hizo un nudo en la garganta. ¿Y esta emoción? ¿Quieres nacer aquí?, le pregunté a la panza. El nudo casi se convierte en agua.

Recorrimos la clínica. Vimos las salas de parto y nos parecieron cálidas, un lindo lugar para nacer. Comprobamos que tendríamos un parto respetuoso, humano, sin uso de fármacos ni intervenciones innecesarias, que nadie nos alejaría ni un segundo de nuestro hijo recién nacido. Conocimos a Diego. Nos llenó de confianza y siempre respondió a nuestros miedos con positivismo. Desde entonces, nos vimos cada quince días y pronto, cada semana. Las citas médicas estaban rodeadas de alegría. Mi niño crecía y crecía. Completó su formación en la semana 36 y podía nacer en cualquier momento.

La fuente

Tres de la mañana. Me desperté tras pocas horas de sueño sintiéndome mojada. Me levanté, fui al baño. En el recorrido seguía bajando agua que no podía contener. Lo tuve claro: rompí fuente. Estaba a dos días de cumplir 37 semanas de embarazo.

Esa noche, Juan había regresado a nuestra casa en Santo Domingo. Yo estaba, desde hacía dos días, en casa de Adriana, la amiga que nos alojaría mientras esperábamos el parto. Estaba tranquila: el proceso podía durar varias horas. Aunque me movía sigilosamente, Adri me escuchó y se levantó a acompañarme. Llamé a la clínica. Me hicieron preguntas de rutina y cerraron con un: “Te esperamos a primera hora, tenemos tiempo”. Con esa información llamé a Juan. “Ven tranquilo. El bebé no va a nacer si tú no estás”, le dije.

Seis de la mañana. Llegamos a la clínica. Las luces de la ciudad brillaban todavía. Me gustan los amaneceres. Di las gracias por ese inicio de día. Juan llegó treinta minutos después. La ecografía confirmó que todo estaba en orden y nos llevaron a una habitación.

Primeros movimientos

Ocho de la mañana. Contracciones suaves cada cinco minutos. Molestias parecidas a un cólico menstrual. Desayunamos.

Nueve de la mañana. Las contracciones se espaciaron un minuto y medio. Me dieron la pelota de yoga para que hiciera movimientos de cadera. Casi de inmediato entré en un claro estado meditativo. No supe más como medir el tiempo. Lo sentía pasar pero me perdí en las horas. Todo lo que viví desde ese instante fue profundo, poderoso. Rebeca, la doula que nos acompañó, nos llevó a la sala de masajes. Pusimos nuestros mantras. Ella guió mi respiración, los movimientos que hacía, rodeó mi barriga –aún con mi niño dentro de ella- de mantas calientitas, me dio un masaje en los pies porque los tenía muy fríos y me explicaba el sentido de mis dolores. Mientras tanto, Juan en amorosa presencia me arrullaba, me daba ánimos o simplemente me acogía en silencio. Lo que yo más sentía era silencio, el del infinito.

El agua

Me llegaron las ganas de pujar. Era momento de ir a la tina de parto. Un coro de suaves voces femeninas lideradas por Lili se hicieron presentes. Cuando abría los ojos siempre las veía a ella y a Rebeca. Esas mujeres me daban ánimos, me decían como canalizar mi respiración y atravesar el dolor en cada pujo. Mi bebé bajaba despacito, se abría camino milímetro a milímetro. Tras cada contracción, me daba sueño. “Duérmete”, me dijo Lili. Así lo hice. Se impuso un ritmo: dormía, sentía dolor, pujaba, me volvía a dormir. En el agua me estiraba, me ponía de rodillas y pujaba. Así, durante horas. En medio de la labor pensaba en si todo estaba bien. Las respuestas tranquilizadoras venían sin que las pidiera: “vamos a medir el ritmo cardíaco del bebé”, “escucha su corazón”, “todo está perfecto”, “sigue adelante”, oía que me susurraban Lili o Gabi. Cada frase me daba confianza y alejaba mis temores. Ahí, en el agua, con los ojos cerrados, sentía el paso de toda mi historia personal, de mi propio nacimiento, de la fuerza del femenino. Un solo mantra se repetía en la sala: mi alma le cantaba a Gurú Ram Das, le pedía fuerza y le daba las gracias.

El mar

“Las contracciones son como olas en el mar: unas grandes y poderosas, otras suaves y livianas”, escuché decir a Lili. El mar… esa inmensidad me conecta, con fuerza, a mí misma. Hija de Yemayá soy. Me fui al mar y sentí las olas romperse contra los acantilados, quedarse quietas o acariciar la arena. El mediodía llegó a su término, los ventarrones de la tarde agitaban los árboles. El ciclo cambió, la energía cambió. G. seguía en la matriz, iba bajando poco a poco, tomándose su tiempo, abriéndose camino en mi cuerpo. Era consciente de lo que pasaba en mi entorno pese a que me sentía adormilada. Sentí que mi femenino y mi masculino entraban en comunión. Juan seguía junto a nosotros. Guillermo me guardaba las espaldas. Rebeca, amorosa, tomaba nota de todo. Poco a poco las contracciones se hicieron más fuertes. La voz de Diego comenzó a guiarme .“Tu bebé ya está en el canal”, “ya falta poco”, “dale toda tu fuerza”, me decía. Me di cuenta de que estaba rodeada de hombres, que estaba pariendo un niño, acompañada activamente de varones, que la Rebe se preocupaba, silenciosa, de secarme la frente o de darme agua. Sentí en medio de toda mi fragilidad, la descomunal fuerza de un parto. Vi a esos hombres que juntos podían tener la fuerza física de un ciclón, entregados a acompañarme ante un poder mayor: el de parir.

Tras horas y horas de olas, a nadie se le había ocurrido proponer siquiera que se acelerará el parto. Sentí la confianza suficiente para decir lo que no quería: “no puedo más”. Estaba cansada. “Sí puedes”, me respondió Diego, “confía en ti”. Esas palabras tocaron la tecla. Grité todo lo que quise y comencé a pujar, a construir olas gigantes para impulsar a mi niño. Me recostaba, me ponía en postura de silla con las caderas bien abajo, pujaba tres tiempos como las olas que tienen fuerza y revientan una y otra vez, G. avanzaba, la contracción terminaba y yo me volvía a hundir en el agua. Confiaba en mí, en mi cuerpo poderoso, en mi voluntad. Juan me tomaba del brazo izquierdo, Diego del derecho y Guillermo sostenía mi espalda. Las olas comenzaron a reventar cada vez más rápido. Oí a Diego decir: “baja tu mano, tócalo, su cabeza comienza a salir”. Lo toqué con la punta de mis dedos por un segundo. Juan prefirió acariciar su cuerpecito aún en mi barriga. Una ola más y la cabeza estuvo afuera. “Vamos a esperar a que se dé la vuelta”, dijo Diego. Respiré. Y al tiempo que sentí como mi hijo cambiaba de postura para terminar de salir, oí un suspiro profundo y conmovido de su papá. Última ola. Ola definitiva que trajo a G. junto a nosotros. Eran las 16:15 del sábado 25 de julio. Juan se quebró de emoción. Yo olvidé todos los dolores y comencé a reír. G. vino a mi pecho. Se echó a llorar. Lo llenamos de caricias. Esperamos a que el cordón umbilical dejara de latir para que Juan lo pudiera cortar. Dejé a G. con su papá para el control pediátrico mientras me llevaban a la habitación. Tres minutos después (quizás menos) la puerta se abría: Juan traía a nuestro hijo en brazos. La enfermera lo acomodó junto a mí, desnudo él, desnuda yo. Entonces, me di cuenta de que esa tarde, después de trece horas, los tres nos habíamos parido a nosotros mismos, los tres dimos a luz. Nos abrazamos, los tres, en silencio. Solo restaba dar las gracias. El después estaba por escribirse.

Gracias por suscribirte, seguirnos en redes, compartir, comentar y darle me gusta.

Anuncios

4 comentarios en “Como las olas del mar”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s