Maternidad

Gracias

baby-holding-hand-847820_1920Hay días, como hoy, en que me siento dentro de un túnel: apretujada, a oscuras y sin encontrar nada que me alumbre, con ganas de actuar rápido pero sin posibilidad de moverme. Son los retos cotidianos, el mundo que no se detiene. Nada que tenga que ver directamente contigo. La desesperación se vuelve un poco tristeza cuando te veo a ti sonriente, explorando lo que te encuentras por ahí, como cada día. Y me gustaría dejar de sentir esta angustia por los problemas adultos que -como hoy, llegan uno detrás del otro- para sentarme a jugar contigo, para sonreírte de vuelta sin la carga de la desazón. Pienso que lo más retador de la maternidad han sido las preocupaciones que han interferido en el disfrute completo de nosotros dos. Y, sin embargo, hemos sido premiados porque pasamos juntos a tiempo completo. Solo que a mí no me gustaría tener malos días como hoy. Me da por pensar, entonces, que si no estuvieses aquí podría tener más tiempo y espacio para resolver estos asuntos que me ofuscan. Pero no. La verdad es otra. La verdad es que debo aprender a lidiar con mi estrés para que no interfiera en nuestro cotidiano, porque te mereces una mamá capaz de hacer a un lado los problemas -que nunca faltan- para abrirse un espacio en donde solo esté contigo. Al final, es cierto, todo se resuelve de un modo misterioso, mágico y justo. Son nuestras reacciones y temores los que nos complican la capacidad de encontrar salidas. Es que hoy es un día en que el lodo demora en asentarse y me es difícil encontrar el agua fresca.

Te vuelvo a mirar y entiendo que no es verdad, que no podría resolver mejor esos líos si la maternidad no me tomase tanto tiempo. Mi vida es más luminosa desde que tú estás. Cuando naciste entendí muchas verdades: que había estado empantanada en emociones nocivas, que la vida es bella y simple, que aún nos podemos maravillar cada día por hechos a los que estamos acostumbrados: la salida del sol y el brillo de la luna, el titilar de las estrellas y el frío de la lluvia, los bostezos de un gato o el trabajo arduo de las hormigas, que podemos dejar empapado el piso del baño porque reímos a carcajadas cuando chapoteamos sin parar, que podemos caernos un montón de veces pero aún así seguimos aprendiendo a caminar. Eso es hijo mío, me has enseñado a no darme por vencida, a disfrutar del paisaje mientras llegamos al destino, a valorar lo pequeño, a respirar, a querer vivir serena y contenta, sin dramas ni apuros, a contactar, en lo profundo, el amor por mí misma. Porque la verdad es esta: el día en que naciste me enseñaste a quererme, a conjurar mis demonios, a prender una lámpara con mi fuego interior. Y eso vale más que el tiempo. Menos mal nada será como antes. Sí, tu presencia siempre lo aclara todo.

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4 comentarios en “Gracias”

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