Maternidad

Aprender a leer

El periodista colombiano, Alberto Salcedo Ramos, tiene fijado un mensaje en su cuenta de Twitter, que nos define por completo: “Soy de los tiempos en que los niños aprendían a leer en casa, enseñados por sus madres. La mía me enseñó a leer, y aunque a veces, en el proceso, perdía la paciencia, jamás tendré cómo pagarle eso. Yo digo que cuando me enseñó el alfabeto me parió por segunda vez”.

A mí me leyeron desde siempre. Y mi amor por las letras comenzó con memorizarlas, con ubicar dónde decía qué en cada uno de los cuentos y revistas de cómics que tenía, y que hacía que me repitieran una y otra vez. Sin embargo, me enseñaron a leer en la escuela. No sé cómo fue. De negativo no hubo nada porque tenía tantas ansias de aprender. Supongo que solo me entregué. De lo que sí tengo memoria es de mi deseo por leer cada vez más rápido y de que aumentara la dificultad un poco más cada día. Y una vez que supe leer nada me detuvo.

Hubo dos cosas que, en su momento, me salvaron la vida: leer y nadar. Y luego he regresado a ambas casi siempre. El agua fue mi refugio para superar el trauma y, años después, para atravesar el duelo de la muerte de mi papá. Leer, en cambio, me hizo descubrir mundos, salidas, héroes, belleza en medio del terror. Uno de los momentos más tristes de mi infancia fue perder, con el cambio de escuela, la biblioteca. ¡No sé cómo pude hacer el colegio en un lugar que no tenía más que libros de texto amontonados en un rincón! Al buscar escuela para mi hijo lo primero que pedí ver fue eso: la biblioteca. Pregunté por la política de préstamos de libros, revisé los títulos e indagué dónde los compraban y con qué frecuencia. A quienes me leen en Argentina debo contarles que acá no tenemos librerías en cada barrio o casi, casi -como en algunas zonas de Buenos Aires- en cada esquina. A quienes me leen en España hay que poner esto también en contexto: acá las bibliotecas públicas no prestan libros. Muy sintomático de la sociedad en la que vivimos: la poca frecuencia de lectura y el escaso intercambio intelectual que nos inunda. Y esto no deja de ser triste, porque -aunque muchos lo nieguen- sí hay quienes agradecerían que les acerques más libros a su vida. Leer es sinónimo de libertad.

Cuando aprendemos a hablar descubrimos que con las palabras suceden cosas, hacemos magia, que decimos agua y mamá toma un vaso, se acerca al garrafón y nos entrega el agua que calmará nuestra sed. Pronto comenzamos a narrar, a inventar historias, a crear nuestras propias maneras de decir. Y, entonces, aprendemos a leer y a escribir. Podemos guardar lo que la memoria quizás nos arrebate, pero -sobre todo- nos da la posibilidad de construir los andamios de nuestro intelecto. Pueden contarnos mentiras, pero leer nos da la posibilidad de desmontarlas. Si tenemos preguntas, leer nos abre la puerta a la investigación, al encuentro con las respuestas. Leer nos da la libertad para pensar, nos permite romper las cadenas de la ignorancia, refutar lo que la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie denomina los relatos únicos: las historias sobre los otros que han sido construidas por el poder para que nos hagamos una idea estereotipada de un pueblo, de un grupo humano, de un continente y la volvamos definitiva, la convirtamos en el único relato. Leer te da la oportunidad de ir más allá y, como dice Chimamanda: “cuando rechazamos el relato único, cuando comprendemos que nunca existe una única historia sobre ningún lugar, recuperamos una especie de paraíso.”

Mi hijo aún no lee. Está en ello. Hasta hace poco daba por hecho que sería su profe quien le enseñaría, y que yo acompañaría la tarea: que nos iríamos a cazar palabras, a buscar letreros, que haríamos charadas, ensayaríamos trabalenguas, jugaríamos con las letras… Ahora, con los tiempos que corren, seguramente seré yo la encargada de todo el proceso, como muchas madres que están ya enfrentándolo. Una de mis mejores amigas decía hace poco que iba a celebrar el regreso a la escuela de sus hijos, que ella no es capaz siquiera de enseñarles a tomar bien la cuchara, menos aún de explicarles asuntos de matemáticas o lenguaje. Con mucho humor agradecía a quienes les enseñan a sus hijos lo que ella no puede y que se sentía bastante satisfecha de que, mientras duró su cuarentena, pudo ayudar al uno con las sumas y al otro con algún asunto sobre los verbos. Y lo dice ella que es intérprete y que habla sin una gota de acento siete idiomas. Lo que pasa es que hay que tener método. Pensé también en la paciencia que en su momento nos tuvo alguno de los profesores que compartimos y que (momento de confesión vergonzosa) tuvieron que lidiar con nuestra apatía (momento de disculpas tardías).

Volviendo a la historia de mi hijo, por ahora, descubro cómo incorpora -sin saberlo- la gramática del español, nos divertimos con los giros, cambiamos sílabas, imaginamos diálogos, me explica con detalle todo sobre los dinosaurios, pero aún -formalmente- no damos el paso de la enseñanza-aprendizaje. Nunca, hasta hoy, pese a todo mi amor por las palabras, la lectura y la belleza de la lengua, había pensado que enseñarle a leer iba a ser como darle la vida nuevamente. Y, sí, no es exagerado. Volveré a parir a ese niño y esta vez el cordón se cortará para llevarlo a la libertad de pensar, que es el bien que nunca nadie le podrá arrebatar.

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