Filosofía Montessori, Montessori

El mundo tiene colores

La máxima del método Montessori es sigue al niño. Significa que hay que respetar sus tiempos, la manifestación de su interés por aprender algo. Esa máxima se me ha hecho evidente en muchísimos aspectos motrices pero también sensitivos y cognitivos. Uno de estos fue el aprendizaje de los colores.

Los niños pequeños, en principio, no muestran interés por aprender los nombres de los colores. No es que no los distingan, es que –simplemente- no les son relevantes: durante sus primeros dos años de vida están más interesados en aprender los nombres de las cosas. Los niños pueden identificar los colores, clasificarlos y, poco a poco, interesarse en sus nombres y entender que dan una cualidad del objeto, así como grande, pequeño o frío. En nuestro caso, al año de edad G. se interesó particularmente por el amarillo. Era frecuente que encontrara esto:

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Pero el momento de encajar podía mezclar todos los colores. Es decir, su atención estaba en la coordinación-ojo mano antes que en la clasificación. Como mostró cierto interés por el amarillo, procuré comprar objetos que necesitaba de ese color: un paraguas, unas botas de agua o una camiseta amarilla.

En el método Montessori, el primer acercamiento a este mundo se da con la caja de colores 1: seis tablas con los tres colores primarios (es decir dos amarillas, dos azules y dos rojas). Se trata de aparear, de poner juntos los iguales. Ese trabajo se puede hacer con otro tipo de juguetes, que tienen el mismo principio, como este:

Colores1

La segunda caja de colores incorpora once colores y la tercera incluye progresión de la gama de nueve colores: del tono más claro al más oscuro de verde, azul, gris, etc.

 

 

En nuestro caso, G., a partir de los 18 meses, comenzó a colocar las fichas de acuerdo a su color en sus encajables o a tapar sus plastilinas o marcadores con el color de tapa que les correspondía.

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Sin embargo, aún no mostraba interés por los nombrar los colores. ¿Cómo lo sabía? Porque prefería llamar a las cosas por su nombre y distinguirlas por cualquier cualidad pero no por su color: hablaba de la camiseta del camión o la que le regaló la abuela; antes de decir: la camiseta amarilla o la roja.

Su interés por nombrar los colores surgió, poco a poco, desde los dos años, de la mano de una necesidad real: G. prefiere las uvas verdes a las negras y cuando íbamos al mercado, él pedía uvas pero yo le pedía a la vendedora uvas verdes. Además, él notó una coincidencia: oía que también llamábamos verde a aquello con lo que hacíamos patacones (plátano verde). Así, el verde se volvió el primer color que nombró, aunque lo usaba específicamente para esos dos frutos. Para ayudarlo a entender el concepto me apoyé en la cuerda de la belleza Montessori, en la cual se pueden colgar fotos de temas de aquello que le interese aprender al niño. Llené entonces su cuerda de la belleza de fotografías con el verde como protagonista: un saltamontes, uvas, un tractor, una serpiente, árboles, la aurora polar, etc.

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Poco a poco fue comprendiendo que todo ahí era verde. Comenzamos a buscar más objetos verdes por toda la casa y, finalmente, un día comenzó a preguntarme: ¿y esto qué es? Era obvio que no me preguntaba por el nombre del pato porque él sabía lo que era. Así que le dije: es un pato amarillo. Y comenzó: “el camión también es amarillo. ¿Y esto qué es?” Es rojo. “¿Y esto?” Azul. Fueron tres días en los que no paró de preguntar por los colores y comenzó a interesarse en este material que tiene el mismo principio de la caja de colores 3 pero que le permite identificar la progresión gracias a las tablillas.

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En este aprendizaje también ayudaron los libros sobre el tema o las historias de Elmer o El paraguas, donde los colores son parte importante de la trama.

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El paraguas, de Jae Soo Liu.
4
Elmer, de David McKee.
5
Color puzzles, de Pantone.

Entonces, el inmenso mundo de los colores se hizo evidente: fue tan importante nombrar el azul como el turquesa, el magenta como el rosa, el rojo o el naranja. Mirar los tonos de verde: desde el más claro hasta el más oscuro, y aprender que al gris también hay quien lo llama plomo. Los colores ahora están perfectamente incorporados en su vocabulario y en su sensibilidad. No tardó más de dos semanas en aprenderlos porque cuando el interés es genuino se pone toda la concentración en ello. Ahora, dio un paso más: la mezcla de colores. En la caja de luz puede jugar a mezclar colores, ver que de la mezcla de azul y amarillo nace el verde, y que el violeta no es más que la suma de rojo con azul, y que si los ponemos todos juntos surge el negro. Ya vendrán los descubrimientos con las acuarelas. Lo cierto es que con los colores se abre un sinnúmero de posibilidades: actividades, juegos y sensibilidades.

 

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2 comentarios en “El mundo tiene colores”

  1. Enhorabuena porque veo que estás disfrutando de tu maternidad. Yo hace tiempo que viví esa etapa, pero me acuerdo de cada momento de la infancia de mi hijo y me haces esbozar una sonrisa, y se me escapa algún suspiro, al leer tus posts. Gracias. Alicia

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