Maternidad

Horas libres

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Cuando mi padre tenía 40 años, yo era una quinceañera. De esa época recuerdo que, cada vez que le pedía algo, sacaba unas hojas pequeñitas que guardaba en el bolsillo de su camisa, tomaba una pluma y escribía: Andrea, pan de dulce. Andrea, caja de crayolas. Andrea, libro de historia. Me llamaba tanto la atención que sea lo que yo le pidiera no pudiera memorizarlo, que recurriera siempre a la escritura. Sonreía mientras lo veía tomar sus apuntes. Me alegraba tanto porque si estaba en alguno de sus papelitos, mis deseos estaban a salvo, no había olvido posible. El pan, los lápices o los libros llegaban tal como los quería. Incluso con los detalles que a veces mencionaba solo para ver cómo los anotaba. Andrea, pan de dulce (Colón). Y entonces me traía las trenzas llenas de frutas confitadas de mi pastelería preferida. 

Aunque me gustaba verlo escribir, no podía entender cómo no podía memorizar algo tan simple. Yo, en cambio, me jactaba de una memoria prodigiosa. Mi cabeza era un almanaque, una enciclopedia oral y visual que recordaba detalles de conversaciones, gestos de los hablantes y vestimenta de cada uno de los actores. Era infalible y también irritante. Mi memoria me trajo muchos dolores: me hizo atesorar decepciones, descubrir mentirosos y guardarme demasiados rencores. Hasta que, finalmente, comencé una limpieza profunda: dejé que se fueran los recuerdos que solo servían para sufrir, saqué conclusiones y aprendizajes, olvidé lo inservible y guardé las alegrías, los detalles felices, los olores, sabores e imágenes que me podían transportar a mis raíces.

Los recursos nemotécnicos de mi papá ahora son míos. Aunque, la verdad, se quedaron cortos porque, en mi caso, generalmente no sé dónde están la libreta ni el lápiz. Ya no hago esfuerzos por buscar mis lentes, seguro los encuentro azarosamente. Varias veces al día no sé dónde está mi teléfono. Hay días en que no recuerdo si hice o no hice una llamada, si escribí o no escribí un mensaje. Lo anoto todo y paso revista de las tareas cumplidas, por si acaso. La memoria me falla porque tiene doble usuario. Puedo no saber dónde están las llaves pero sé exactamente el número de veces que se cambió de ropa mi hijo, cuántas uvas le quedan por comer, si bebió o no suficiente agua, dónde dejó su libro de camiones, el muñeco o el vaso de los cuales -con toda seguridad- me va a preguntar en cualquier momento. Mi memoria cambió de prioridades. Ahora es madre. Eso nada más.

Pero a esta memoria madre le dieron vacaciones. Dado que G. va a la escuela desde hace varias semanas, ya no estoy tan despistada. Por fin puedo concentrarme en pensar, en terminar una frase o una conversación conmigo misma. Ya puedo sentarme a reflexionar, analizar, comprobar. ¡Tengo tiempo libre! Solo ahora puedo percibir el cansancio mental que tenía. Somos él y yo la inmensa mayoría del tiempo. Entonces, no me puedo olvidar de nada que le atañe. Éramos él y yo, 24 horas al día, siete días a la semana, con lo cual, si estaba pensando en algo, mi atención huía ante cualquier “mami”: ¡Mami, pipi!, Mami, ¿los saltamontes vuelan?, Mami, quiero comer. Y después de dar respuesta o atención… Yo, ¿en qué estaba pensando? ¡Ni idea! Ya me acordaré.

Ahora, puedo pensar, puedo terminar mis pensamientos, puedo detenerme en la cadencia de una frase, puedo leer -al menos- una hora seguida, sin luz artificial ni interrupciones.

Sí, estoy muy contenta de tener tiempo para mí. Y, también, estoy muy contenta de extrañar a mi hijo, de conocerlo en su autonomía, de oír sus historias, de poder dedicarme las tardes a estar con él, sin pendientes rondándome en la cabeza.

Pero también he descubierto cómo maneja y manifiesta sus emociones, sus miedos y extrañezas ahora que mamá no está tan cerca. Pero de eso escribiré en otra entrada. Ahora mismo, los minutos libres se me acaban.

 

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