Maternidad, Montessori

Maternar y amar

 

baby holding human finger
Photo by Wayne Evans on Pexels.com

Llevo demasiadas semanas con una idea atravesada que me causa malestar. La idea no es mía, es algo que oigo con demasiada frecuencia y ha comenzado a hacerme ruido. Como me molesta, intento mirarla de frente, la roo, le doy la vuelta. Me enoja. Así que, aquí estoy, haciendo el ejercicio de diseccionarla para ver si logro explicar el porqué de mi enorme malestar. 

Este es el punto: me enfadan profundamente las críticas a las madres. Y me irritan aún más cuando alguien pretende creer que se postula perfección ante la elección de un determinado modelo de crianza. Se pasa inmediatamente a etiquetarlas de hipermamás y se las muestra a medio camino entre la sobreprotección y el control autoritario, llevando un disfraz de secta new age con tintes amish. Puros lugares comunes.

Por ejemplo, últimamente se cree que hablar de lactancia prolongada, hacer colecho, alimentar sano al bebé o mantener un estilo de crianza respetuoso es postular una maternidad perfecta. No, no lo es. Eso, de partida, no existe. Y al pensarlo y, peor, decirlo se pone en una situación de ridículo y vulnerabilidad a las madres que han decidido tomar modelos no mayoritarios de acompañamiento a las crías. Cada una con sus razones, sus historias y sus dolores a cuestas. Cada una con sus malas noches, sus preocupaciones, peleas familiares y dificultades un día sí y otro quizás. Cada una con la voluntad de construir, de entender, de ser feliz. Las mamás que no dan papillas, como aquellas que sí lo hacen, en su momento, enfrentan la inseguridad de no saber si su hijo se alimenta o no lo suficiente, si las porciones que come son o no llenadoras. Hagamos lo que hagamos, las mamás siempre nos preguntamos si lo estamos haciendo bien, si habremos tomado la mejor decisión.

Es un alivio cuando otra mamá nos escucha y nos da ánimos. Porque, además, si hemos decidido ir por un camino diferente al habitual nos toca deshierbar para avanzar. Y nunca faltan los señalamientos ante cualquier dificultad. Esas frases pesadas que solo quieren demostrarnos que nos equivocamos por no hacer lo que la mayoría dice, hace y piensa. Nunca faltan: ¡Ya ves, yo te dije, está acostumbrado al pecho! ¡Eso es por no haberle dado un “bien merecido” coscorrón! Es un alivio cuando nos encontramos con otros haciendo la misma ruta, alguien empático que nos dice que también dudó pero que siguió intentándolo y le dio resultado. No un resultado perfecto. El resultado que estaba buscando. Si se nos ocurre recomendar o hablar de las satisfacciones que nos han dejado nuestras decisiones de crianza, nunca falta quien se sienta atacado o suelte el consabido: “a mí no me funcionó”. Es como si a alguien que decide ir a pie, le digan que es mejor ir en bici. Aclaración: voy a pie y pregunto por remedios para las ampollas. No, no quiero ir en bici. Ya fui toda mi vida y no resultó como yo quería. Sí, estamos haciendo elecciones todo el tiempo. En el fondo, con lo que lidiamos las madres es con el desconocimiento. Sabemos poco o nada de la mente infantil. Por eso buscamos ayuda, por eso necesitamos ayuda. Y en ese proceso nos redescubrimos también en todas nuestras facetas.

No dejamos de ser mujeres, amantes, profesionales o ciudadanas por el hecho de ser madres. Desde una visión patriarcal, se nos cree inútiles cuando nos convertimos en madres (y no solo en ese momento, claro, pero -desde ese prejuicio- nuestra supuesta inutilidad aumenta cuando tenemos una cría en los brazos). Lo triste es que a veces, nosotras, con el ego por delante, nos empecinamos en demostrar que sí podemos, que vamos a regresar al trabajo a los quince días de haber parido, que podemos continuar con nuestra vida profesional y social así hagamos las renuncias más vitales, que no dejaremos de ser nosotras mismas (las que éramos antes de ser madres) pase lo que pase. He ahí otro modelo difundido de perfección: la del encaje en el sistema. La madre perfecta trabaja, atiende a sus hijos (que son unos pimpollos, obvio), es buena amante, cocinera y consejera. Y eso tampoco existe. Porque tanto las que se quedan en casa como las que van al trabajo viven un cotidiano abatimiento, aquel que producen la exigencia y la autoexigencia.

Debemos defender nuestro derecho a maternar, nuestro derecho a amar. Sí, a querernos, a recuperarnos en nuestra historia más personal a partir de la crianza. Porque eso pasa, lo queramos o no, seamos conscientes o no del proceso. Por eso, lo que decidamos siempre será un asunto personal, profundo, íntimo que no amerita ser cuestionado. Hace falta empatía, nos hace falta escucharnos y abrazarnos en nuestra perfecta imperfección. Y abrazarlos a ellos, a nuestros hijos, que son -finalmente- nuestros verdaderos compañeros de decisiones.

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En septiembre daré un taller en línea sobre método Montessori para madres, padres y cuidadores de bebés de 0-3 años. Toda la información está disponible en: https://kaypachajuguetes.com/talleres/

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