Maternidad, Montessori

Lo hago por mis hijos…

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Es muy común que justifiquemos nuestras decisiones y elecciones en nuestros hijos. Lo hago por ellos, decimos. Hacerlo por los hijos parece una suerte de disculpa que nos protege de cualquier falla o dedo acusador. Pero, ¿es verdad? ¿Son los hijos el motor de nuestra vida? En realidad, no, no lo creo. Es una frase hecha que la hemos repetido generación tras generación.

Los hijos son una enorme responsabilidad. Necesitan no solo alimento y cobijo, sino también desarrollar una relación de apego que les dé seguridad y autonomía. Si decimos, entonces, que trabajamos por nuestros hijos, no es del todo cierto: si no lo hiciéramos ¿quién nos mantendría? Si argumentamos que lo hacemos para darles lo mejor, ¿acaso no estamos respondiendo a nuestros estándares de vida, a nuestras aspiraciones y expectativas, a nuestros sueños, y –en últimas- a la imagen de madre o padre que queremos ser?

No, en definitiva, no lo hacemos por nuestros hijos, lo hacemos por nosotros, en base a nuestras creencias y necesidades. Poner esa carga en los niños es brutal, ellos la sienten y comienzan a sentirse culpables: “mi papá no estudió porque tuvo que cuidarme”, “mi mamá trabaja tanto porque debe mantenerme”. Y, sí, algo de eso es cierto, pero ¿debería ser diferente? Es decir, si no lo hacemos nosotros ¿quién? Un hijo es una responsabilidad que, con su llegada, supone asumir el restablecimiento de prioridades, la reasignación de tiempo libre, el cambio de hábitos y comportamientos.

El problema es que nos imaginamos otra cosa. Pensamos que su llegada no iba a traer ningún cambio mayor: comería, dormiría, iría a guardería, se comportaría bien, traería buenas notas y, así, hasta llegar a ser un profesional. Pero la realidad nos enseña que nada calza en ese falso estereotipo publicitario sobre lo que es criar un hijo. Los problemas no se resuelven en cinco minutos como en las series cómicas de la televisión.  Casi siempre nos sentimos perdidos. Y, lo que es más complicado de aceptar aún, todo, absolutamente todo, depende de nosotros.

Quizás no estábamos preparados. No nos imaginamos siquiera lo que iba a venir, lo que significa la crianza de un bebé, la educación de un ser humano, para lo cual no hay manual de instrucciones. Ese pequeño necesita y requiere de nosotros, más que alimento y cobijo, respuesta emocional. Ahí es donde las cosas se complican: nos damos cuenta de nuestra fragilidad, de nuestras propias heridas (sobre todo las que más nos cuesta aceptar), nos sentimos no capacitados, queremos huir, no sabemos qué decisión tomar, pensamos que es mejor volver a lo conocido: a la vida como era antes de ser madres y padres, y –entonces- anhelamos el trabajo, nos angustiamos por las cuentas, echamos la culpa al cansancio, queremos que un bebé de seis meses no tenga un comportamiento de un bebé de seis meses, sino de un jovencito bien educado, que duerma a sus horas, que no dé problemas, que coma todo y que sea feliz. Pero no pasa. Y no sabemos qué hacer. Aunque intuimos que todo eso es posible si nosotros estamos ahí, disponibles emocionalmente.

Nadie nos puede dar una respuesta sobre qué hacer. Es una toma de decisión entre nosotros y nuestras circunstancias. Como en toda elección que hacemos en la vida, hay algo que se pierde, que se deja de lado, algo a lo que se le dice adiós. Pero esas decisiones las tomamos nosotros y que nuestros hijos sean un factor determinante es obvio, no puede ser de otra forma. Aunque las comparaciones son odiosas lo mismo pasa cuando optamos por ir a estudiar fuera y terminar una relación de pareja (o al revés). En la vida nos pasamos tomando decisiones en las cuales consideramos los pros y contras, en base a nuestra situación personal. Pero, ¿qué pasa cuando tenemos hijos? ¿Por qué insistimos en responsabilizarlos a ellos de una acción adulta?

No, los hijos no son motor de nada. Pasa que los hijos nos cambian profundamente la perspectiva y las prioridades. Si nos dejamos guiar por su sabiduría interior, a la que están profundamente atados, ellos nos llenan de luz, nos hacen disfrutar de la simpleza de la vida, nos reconectan con lo básico, nos ponen enfrente de nuestra historia personal y nos ayudan a sanar.

Sí, lo anterior lo he dicho muchas veces, lo digo siempre, me lo repito a mí misma, sobre todo cuando me pillo distraída o evadiendo asistir al encuentro con algo importante que me quiere mostrar mi hijo. Con él he recuperado la claridad de la niña que fui, de mis miedos y mi soledad, de mi angustia y desarraigo. Él es el maestro y le estoy infinitamente agradecida porque, al final, G. sí que lo hace por mí también.

 

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El 8 de abril, iniciaré el Taller en línea Montessori 3-7 años. Las inscripciones están abiertas. 

 

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