Maternidad

Cuando me enojo

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Quienes me conocen desde siempre o desde hace muchos años pueden dar fe de mi carácter. Saben que puedo cantarle las cuatro verdades a cualquiera sin proferir un solo insulto. Quienes me conocen desde siempre pueden decir también que soy temible, implacable, sin miramientos. Sí puedo, pude, ser iracunda. Pero mucho ha cambiado. De alguna forma me cuestioné siempre mis reacciones. Pensaba si eran o no necesarias, dramáticas o exageradas. En el camino a reconocer mi enojo, me di cuenta de lo mucho que tenía para decirme, el inmenso conocimiento sobre mí misma que el enojo me posibilitaba. La maternidad, además, me dio otra mirada ¿quería un hijo reactivo? Como la respuesta es obvia me comprometí en un trabajo muy personal.

En los últimos meses mi ira me ha dado una doble enseñanza. Llevo un tiempo como miembro de un par de grupos en los cuales una persona cuenta su historia más íntima. Esa historia se vuelve, por las vivencias, la voz de un colectivo: las lectoras se miran a un espejo, reconocen en esas letras sus propias historias de desamor. Aunque la realidad supera la ficción, es más fuerte saber que esa realidad es la de miles. Ese dolor contado por entregas me hizo ver mi propia historia y darme cuenta de que gracias a mi ira pude decir basta y seguir mi camino. Sí, no es fácil porque se confunde lo propio con lo ajeno y surge la culpa. Pero ahora sé que pude poner punto final a muchas situaciones denigrantes en mi vida con fiereza. Y eso, al menos para mí, valió la pena.

De leer esas historias surgió la enorme gratitud por el enojo antiguo que venía a menudo a decirme que lo escuche, que mire lo que tenía para decirme y que yo evadía, disimulaba o no hacía caso pero él, persistente, volvía y volvía. Ahora ese enojo y yo nos reímos a carcajadas y nos abrazamos. Le doy las gracias por protegerme. Valoro sus enseñanzas. Sabemos que ya no es necesario cuando se ha reconocido su utilidad, su mensaje.

Esa verdad la tenían clara mucho antes que yo, mi hijo y mis mascotas. Me lo graficaron todos juntos un día cuando, muy temprano, ni bien terminaba de abrir los ojos, escuché a mi perra hurgando en el basurero. Bajé las escaleras, la llamé. Ella acudió con las orejas gachas porque sabía lo que venía. Puse voz de enojada y la reté. Me miró, se acostó, gimió, movió su mano, se cansó de oírme y me dio las espaldas. No me tomó muy en serio. Suspiré, sonreí y seguí con mi día. ¿Por qué sonreí? Ella reconoció con la posición de sus orejas lo que hizo pero me dio más alegría que no me tuviera miedo.

Al rato mi gata comenzó a rasgar el sillón. ¡Eh!, le dije. Me contestó con un maullido largo y se acercó a que la acaricie. ¡¿En serio?! La tomé en brazos y le dije que no se afile las uñas en el sillón pero ella comenzó a ronronearme. Llegó el turno de mi gato a quien vi pisando los cultivos. Otro eh, ahora con aplausos para llamar su atención. Él me miró, saltó de donde estaba, acarició con su cola las plantitas y luego lo hizo conmigo. Finalmente, G., mi hijo, el mismo día, echó agua en la comida de los gatos. Tercer eh. Él, en cambio, se fue corriendo hacia el jardín. ¡Nadie me toma en serio cuando me enojo!, les dije. Mi hijo me regresó a ver, frunció el ceño y me dijo: ¡ay! Sí, efectivamente, nadie me toma en serio cuando me enfado. Ahora, es más, si lo hago, G. emite un largo aaaaa, a todo pulmón. Es su llamada de atención. O me dice, directamente: ¡No enojada, mami!

Me di cuenta que mi enojo es muy teatral. Ellos lo notan. Pero también cuando se dan cuenta de que algo de malestar me provocan, dejan de hacer lo que me molesta pero no sin antes acercarse y hacerme sonreír. Ellos me han hecho entender que no es necesario enojarse o mostrar enojo para que me tomen en serio. Sé que lo de enojarse lo aprendí: aún recuerdo mi miedo infantil a la ira ajena, al grito o a la palabra hiriente. Ahora sé que todo se puede decir con paciencia o alegría. Pero eso sí, es muy importante saber el origen de tanta rabia para poder abrazarla, agradecerle y decirle adiós. Esa ha sido mi apuesta y tengo la vida para ponerla en práctica. Ese será mi camino y mi compromiso. Tengo, además, quienes me dan motivos.

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