Maternidad

Mil días y mil noches

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No sé lo que es ser amamantada. Nunca tomé el pecho materno. O mejor dicho, tomé durante once días nada más. Entonces, el médico, al ver los pezones sangrantes de mi madre, le dijo que no tenía leche y que yo, desesperada, me había alimentado de su sangre. ¿Se puede vivir once días sin comer? Este médico no le echó la culpa de esas heridas a mi frenillo. Según él, no era la causa, aunque ahora sabemos que sí. Mis cuatro mastitis lo certifican y mis treinta meses de lactancia son aval suficiente para demostrar lo contrario. 

Sí, mi hijo tiene dos años y medio. Es un niño con lactancia a libre demanda desde que nació. No me pregunto hasta cuándo seguiremos, solo sé que tiene fecha de caducidad. Hay días en que me invade la curiosidad, me intriga saber, por ejemplo, ¿cómo será cuando vaya a la escuela? Pero no paso de ahí. En estos treinta meses (casi treinta y uno, cerca de mil días) he tenido un par de falsas alarmas de destete: un par de noches que se durmió de cansancio, con mucho mal humor y sin ser amamantado me hicieron pensar que el proceso se iniciaría, pero no. El mal humor fue por cansancio nada más. Mi niño angelical cuando tiene sueño y no quiere dormirse puede convertirse en Hulk, ni más ni menos.

Esa noche en la que pensé que el destete tenía inicio, me inundó la pena, supe cuánto lo extrañaría. Desde entonces me dio por pensar en ¿qué es la leche materna?, ¿qué sentidos guardados y profundos tiene el amamantamiento? Los factores de nutrición física y de salud están más que claros: por ello, la Organización Mundial de la Salud recomienda que la lactancia sea mínimo (no máximo) hasta los dos años. Como no fui amamantada no puedo recordar ni decir nada al respecto. Tengo, eso sí, muy precisa la tristeza de mi mamá que siempre quiso amamantar y no pudo, no la dejaron, no supo cómo.

En estos 31 meses (faltan solo cinco días) he aprendido que la leche nutre el cuerpo y el espíritu. Recuerdo los primeros meses en los que lo único que mi hijo quería es estar cerca de mi pecho, se quedaba dormido con una sonrisa y muchas veces la leche se le escapaba de la boca. Cuando comenzó a comer, los alimentos fueron un descubrimiento, pura sensación y disfrute. Tuvo y tiene muy buen apetito, no le hacía feos a nada, pero hasta el año siempre –antes y después de comer- volvía al pecho. Poco a poco, los pedidos han ido espaciándose pero no han desaparecido. Hay días en que puede no pedirme ni un poquito de leche por horas y horas pero en cuanto tiene sueño, se cuela en mi regazo.

En todo este tiempo he dado teta de pie, sentada, caminando o con él a bordo del coche del supermercado. He dado teta mientras trabajaba: con él en un brazo y la mano libre en el teclado; he amamantado medio dormida, en la piscina o mientras era bañado. He dado la teta en tantos lugares que se me hace largo enumerarlos. A mi hijo, ser amamantado le ha quitado el mal humor, le ha dado seguridad y confianza, le ha calmado el dolor de las vacunas y las caídas, ha diluido el llanto de su frustración. En estos 31 meses he aprendido que siempre que está a punto de dar un salto cualitativo en su desarrollo, se cuelga de la teta y no puedo dormir durante varias noches seguidas. Así ha sido cuando aprendió a gatear y a caminar, justo antes de que le dijera adiós a los pañales o aprendiera a diferenciar los colores. Pero también se cuelga de la teta cuando a mí me pasa algo. Si estoy angustiada o estresada ¿adivinen quién decide no dormir esa noche? Ese acompañamiento ha sido, además, manifestado por él en palabras: cuando me ha visto llorar o muy enojada por las cosas de la vida, me ha mirado a los ojos y me ha dicho: “mejor vamos a tomar tete, mami.” Si a él le da paz, entonces, a mí también. Es su regalo.

¿Qué es la lactancia?, ¿qué tengo yo como reemplazo, yo que no la tuve? La lactancia es como el agua de la fuente. Nadar, dejarme arrastrar por las olas del mar, zambullirme en el agua me regresa al origen de la vida, me hace sentir profundamente conectada con cada parte de mi ser, es como si volviese a la matriz, al lugar más plácido. Nadar me ha salvado dos veces de morir en la tristeza profunda. Dormir hecha ovillo, en posición fetal, cubierta con una manta de pies a cabeza, me recuerda también esa sensación de calor que solo se puede experimentar en el útero materno. Y, finalmente, la imagen de ser abrazada, de poner mi cabeza en el pecho de mi madre me reconforta, me nutre las raíces, me llena de fuerza. Todo eso seguro siente mi hijo cuando me pide su tete-mami, porque ama su tete (y lo dice, como muchos bebés que conozco).

Ser amamantado siempre es un momento feliz para él y para mí también. Aunque haya días y noches en que me duele el cuello o directamente todo el cuerpo, madrugadas en las que duermo poco y le pido que mejor nos abracemos, sé que estos momentos los guardará para siempre, que llegará el día en que cierre los ojos y se recuerde abrazado, contenido, acariciado, sintiendo cómo su latido y el mío estaban entonados con el corazón del universo.

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