Maternidad, Montessori

En defensa de los niños

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No hay niños difíciles, agresivos o con carácter fuerte. No hay niños rebeldes ni malcriados. No hay niños malos, groseros o desobedientes. Lo que hay, lo único que hay, son niños luchando por ser niños en un mundo con adultos queriendo un comportamiento específico de ellos. Pero ¿qué pasa cuando un niño rompe todo, grita sin parar y desata su furia? ¿Es falta de límites? ¿Es responsabilidad de los padres? 

Los niños son lo que son de acuerdo a sus vivencias. Cuando un niño es respetado en sus necesidades de afecto y aprendizaje se siente en sintonía con el mundo. Cuando un niño recibe bloqueos, castigos y prohibiciones permanentes siente que el mundo es un lugar que lo oprime. Entonces tiene dos opciones: la sumisión o la rebeldía. Y ya sabemos que en el mundo adulto ir contracorriente no es muy bien visto. Así, es más fácil catalogar a los niños, etiquetar su humor y comportamiento que preguntarse ¿qué está pasando y cuál es mi responsabilidad en todo esto?

Un niño que llega a una tienda y tira todo al piso está llamando poderosamente la atención sobre algo más profundo que la simpleza de querer un helado o un juguete. Los niños aprenden los límites en la contención que le brindan los adultos que les sirven de referencia emocional. Y esa referencia se produce en la presencia atenta y la madurez de los adultos. Si no juego con mi hijo, si no paso tiempo con él, si ignoro lo que siente o desea, si no lo entiendo ni lo conozco, ese niño va a llamar mi atención a como dé lugar. En esos episodios de descarga solo está mostrando el enorme dolor que le produce el abandono. ¡Y los adultos que vemos la escena pedimos a los padres mano dura! No, ese niño necesita afecto. Un mundo que pide castigos ejemplares no conduce a los padres y madres a una actitud amorosa y empática hacia sus hijos sino que alienta la desconexión entre ellos. Si la sociedad continúa poniendo el énfasis en el niño y creyendo que es un problema, que necesita un escarmiento, es muy difícil que la crianza se asuma con sus claroscuros y sus desafíos, como el camino hacia la propia madurez y comprensión del ser.

Un adulto que reacciona con enojo, quejas y fastidio ante cualquier circunstancia de la vida, un adulto que basa sus actos en la venganza, la competencia y la envidia enseña, quiéralo o no, esos mismos valores a sus hijos. Los niños necesitan adultos que caminen hacia la resiliencia, la compasión y la solidaridad, hacia el humor en épocas complejas, a la capacidad de reírse de uno mismo y de disfrutar de las cosas pequeñas. Así los niños aprenden a manejar la frustración y saben que son parte del aprendizaje. Pero ¿somos esos adultos?

Los niños necesitan que el mundo los acoja con límites respetuosos y amor, no con imposiciones y maltrato. Los niños no tienen esta división polar que cataloga todo como bueno y malo, aceptable y condenable. Ellos simplemente son y van aprendiendo a comportarse en sociedad conforme crecen. Ahí es donde entramos nosotros como guías y referentes.

La próxima vez que veas a un niño en una situación de desborde emocional y a un padre indiferente ante su comportamiento que no te queden dudas: siempre, siempre hay que actuar en defensa de los niños. Recuerda que un niño en esas circunstancias realmente la está pasando mal. No te olvides que poco o nada sabes de su historia, de si está o no enfermo,  de sus necesidades de afecto, contención, seguridad y apego. Antes de criticar al adulto mírate a ti mismo con atención y honestidad, preocúpate de ser la mejor versión de ti mismo, mírate en ese espejo y no olvides lo que puede producir el abandono emocional. Piensa también en la niñez que debió tener ese adulto para ahora repetirla inconscientemente con su hijo. Y, por último, pregúntate lo más importante, la cuestión clave: Maria Montessori siempre vio a los niños como un regalo y una gran responsabilidad de la vida, por eso animaba a que los adultos a cargo de su cuidado y guía nos preguntáramos con regularidad: ¿qué estoy haciendo con los niños que me han sido confiados?

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