Maternidad

Los regalos

Las fiestas dejaron algunos aprendizajes y reflexiones. El ambiente escolar, los días de dar y recibir, hicieron que mi pequeño identificara mejor el concepto regalo. De alguna manera, los niños reciben, todo el tiempo, presentes: la comida, la nueva ropa, algún libro, pinturas que se acaban, material didáctico. G. en su último cumpleaños aún no entendía bien el porqué le daban cosas envueltas en papel y con un moño encima. Esta Navidad ya disfrutó del misterio del regalo, de la ilusión de saber qué había adentro. Pero le llevó tiempo comprender que no podía llevarse ni abrir los regalos que formaban parte de la decoración navideña de los almacenes. Para él, si estaban ahí, si eran regalos, entonces había que tomarlos. Si no eran de nadie, entonces qué hacían ahí, fue su gran cuestionamiento. Al final se resignó a comprender que eran cajas vacías, adornos que fingían ser regalos.

Este año acompañamos el criterio de lo que él necesita con sus deseos: los regalos que a él le hacía ilusión recibir. Básicamente, camiones, autos y todo lo que tenga que ver con el mundo de las ruedas. Aunque G. no ve televisión, su afición por los carros hizo que se fijara en un personaje que formaba parte de la vestimenta cotidiana de uno de sus compañeros: Rayo McQueen. Una cosa lleva a la otra y un buen día en mi pantalla de Netflix (ni siquiera recuerdo el contexto) apareció el cartel que anunciaba la película. De repente escuché: ¡Para, para! ¡Sube! Déjame ver… ¡Ahí está Rayo McQueen! El universo Disney aterrizó en nuestra vida inevitablemente. Así que, el 25 de diciembre recibió un bellísimo camión de basura de madera, algunos personajes de Cars y un pequeño lote de libros.

Durante todo diciembre, en algunos grupos de mamás a los que pertenezco, circuló mucha información sobre qué regalar a los niños, sobre aquello que resulte más adecuado y, sobre todo, estuvo latente la preocupación por no llenarlos de regalos. En general, incluso si se llega a un acuerdo familiar para que nadie se dispare, poner un presupuesto puede no ser una buena opción. En el mercado se pueden encontrar cosas muy, muy baratas de dudosa calidad y procedencia. De ahí que el límite que puse para la compra de regalos fue el siguiente: objetos de buena calidad, que no contribuyan al desperdicio, que respeten la propiedad intelectual pero también, en lo posible, artesanales, ecológicos y con responsabilidad social.

El tema del precio me llamó la atención algunas veces este diciembre. Mamás que preguntaban por las opciones más económicas pero que en el camino dejaban de lado la calidad, la huella ambiental y el compromiso social. No son temas menores. He aprendido que el consumo responsable es urgente de muchísimas maneras. No somos conscientes de que si algo es extremadamente barato muchos están pagando el precio: países productores a los que se les cambia materias primas por deuda, millones de trabajadores contratados en situación precaria y muchas veces de esclavitud, poco cuidado en la cadena de producción, monopolización de la producción, entre otros. Hay un sitio web, Slavery Footprint en el cual puedes saber, de acuerdo a lo que consumes, cuántos esclavos tienes trabajando para ti (puedes hacer la prueba aquí). Sí, lo barato es barato porque hay alguien pagando el precio real. Y cuando nos descubrimos cómplices, nos lo pensamos mejor antes de actuar.

Años atrás, buscaba blusas bordadas mexicanas. Sabía que en Chiapas eran baratísimas. La familia que me acogió en ese viaje, cuándo le pregunté por el mejor lugar para comprarlas, me respondió algo que era obvio, que no me había dado cuenta y que me dejó perpleja: las verdaderas blusas bordadas son costosas porque suponen el trabajo de bordado de una mujer durante dos o tres meses. Esa mujer borda pero también cuida a sus hijos, atiende su casa y trabaja en el campo o en el mercado. No puede bordar quinientas blusas en un mes. Entonces ¿por qué había tantas indígenas vendiendo en las ferias cientos, miles, de blusas supuestamente bordadas a mano? ¿¡Cómo era posible?! Las traían de China y se las daban a las indígenas para que las vendan. Sí, China tiene el monopolio de la artesanía y el bordado mexicanos (hay muchísimas notas periodísticas al respecto). Fui entonces a un pueblecito de bordadoras y, efectivamente, sus productos tenían un valor superior diez a veinte veces comparado con lo que se encontraba en las plazas. Sí, no era solo una cuestión de dinero, era una cuestión de valor, algo intrínseco al objeto de lo cual nos hemos olvidado. Mi presupuesto entonces me alcanzó, con esfuerzo, para comprar una blusa que estaba hecha con un huipil antiguo, que tenía algunos deterioros que la embellecían aún más, y a la cual se la había adornado con bordados a máquina (lo cual me fue explicado). 

Desde entonces, trato de ser muy cuidadosa con lo que compro. Pregunto mucho, me cuestiono más. Averiguo sobre las empresas que están detrás. Tengo una lista de compañías a las que no les compro jamás. Si una camiseta cuesta un dólar, me resulta obviamente sospechoso. ¿Qué hacer si la economía familiar no alcanza? Sí alcanza, si minimizamos el gasto, si elegimos una blusa en lugar de tres, si aprendemos a comprar y a consumir conscientemente, si tenemos claro lo que realmente necesitamos. También ayuda si optamos por vender lo que ya no usamos o si intercambiamos.

Esta Navidad tuve un hermoso regalo. Durante diciembre no hice una sola compra de supermercado. Solo las frutas del mercado. ¿Cómo fue posible? Tenía en mi armario algunos abrigos que ya no usaba o no alcancé a usar porque vivo en el trópico y ya no los necesitaba. Los subí a la web y los cambié por comida no perecible.

Lo que más me sorprendió fue la acumulación, que no me había dado cuenta de que estaban sin uso. Desde que G. nació, por ejemplo, tengo clarísimo el número de prendas por talla que necesita y nunca me salgo de la lista. Por eso mi sorpresa, lo fácil que resulta no darse cuenta del exceso.

Escribo esto, de alguna manera, de forma tardía. Quizás si llegaba en plena época de fiestas se vería como un desborde de amargura o de ausencia de espíritu navideño. Ahora, pasado el impulso, este artículo puede contribuir a pensar mejor lo que compramos, a preguntarnos por el tiempo de uso, la necesidad real, la huella ecológica y social que dejamos. No son temas menores y pueden ser los que marquen la diferencia. Hay un mundo que cuidar en este mundo que dejaremos como herencia.

 

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