Maternidad, Montessori

¿Por qué hago lo que hago?

Los últimos días han estado llenos de confesiones y momentos de crisis. Me han llegado muchas consultas que me han hecho, por supuesto, reafirmarme en el trabajo que hago, pero también me han ofrecido la oportunidad de mirarme a mí.

He tenido consultas de mamás y papás preocupados por los llantos y dolores inexplicables de sus hijos o hijas. Y cuando entramos en los detalles las respuestas afloran: descubrimos el miedo a perder a los padres, el dolor de un duelo, la llamada de atención porque mamá o papá han estado especialmente tristes o ausentes (no solo física, sino emocionalmente), y también los recuerdos silenciosos, pero que el cuerpo no calla, del momento definitivo en un proceso de adopción.

Y en medio de esos momentos de crisis, he pensado y me he reafirmado en este proceso que decidí emprender: acompañar a las mamás en sus procesos de crianza, en su autodescubrimiento a partir de la maternidad (sobre todo ellas, nosotras, somos las que más sostenimiento requerimos, los papás aún bloquean sus sentires).

Hace un momento me llegó una imagen que, además, resume mi gran porqué, la respuesta a por qué decidí trabajar con mamás. Hay una historia larga que contar (seguro lo haré), pero -por ahora- esto lo muestra con claridad.

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Los niños tienen asuntos que no pueden verbalizar y requieren atención y sanación. Su comportamiento inexplicable los delata y debemos aprender a oírlos. Y a oírnos. Porque en su voz, en sus estallidos de dolor, se abre -además- la posibilidad de que nosotros nos miremos y sanemos esos asuntos que hemos dejado abandonados: nuestras heridas de infancia, de crianza, de concepción. Pensamos que ya no existen, pero están ahí. Y los hijos nos las muestran, actúan como un espejo al cual, muchas veces, no queremos mirar y preferimos escapar.

Por eso hago lo que hago. Sano la madre que soy y la madre que tuve. Atiendo las necesidades emocionales de mi hijo y siento cómo acarició a mi niña interior. Mirando sus necesidades, me hago cargo de los asuntos que no le comentaba a nadie.

Cada día, acompaño, escucho, consuelo y entiendo las razones, los miedos y las preocupaciones de decenas de mamás porque lo que viven no es menos ni pequeño, les muestro (aunque no se los diga directamente) la posibilidad de curarse y cuidarse a sí mismas, a través de sus hijos. Y, entonces, me siento honrada porque cada una de ellas me ha mostrado su lado más vulnerable y más íntimo, aquel que nace justo en el lugar donde solo puede brotar el amor y la compasión. Hacer lo que hago es, simplemente, un privilegio. Y les estoy inmensamente agradecida por ello.

 

Si quieres saber más sobre los talleres que dicto, da clic aquí, son cien por ciento en línea. 

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