Maternidad

La pandemia 4/4

Despedirnos de E. fue lo más triste. Nos había acompañado mil ochocientos veinticinco días. Nunca dejó de reírse de mí, que pensé que necesitaría su ayuda solo un par de meses. Se quedó cinco años. Es tan parte nuestra que no hemos dejado de hablar al menos una vez por semana: sé de sus niños, de la enfermedad de su madre, del trabajo que -menos mal- no le falta y que era mi mayor preocupación. Después de tantos años, sabemos que contamos la una con la otra.

Nos instalamos en nuestra nueva casa un domingo. Primero llegamos nosotros y los gatos, unas horas después el camión con nuestras cosas. Desde el inicio de la mudanza, estuvimos rodeados de milagros cotidianos: A., quien ya me había ayudado varios años antes en las tareas domésticas, estaba sin trabajo. Nada me dio más tranquilidad que saber que contaría con ella desde el primer día. Los señores de la mudanza me ayudaron a poner todo en orden sin que eso fuera parte del contrato. La conexión a Internet que me habían dicho tardaría dos semanas, fue instalada en menos de 48 horas. Los pedidos de comida llegaron el mismo día y tuvimos alimentos frescos de inmediato. Todo fluyó.

Prácticamente, no hubo ninguna alteración en mi dinámica cotidiana. Incluso nos resultó fácil acostumbrarnos al frío. Mi hijo celebró su cumpleaños número cinco en la hacienda de Diana, cosechando aguacates, rodeado de amigos, y con pastel de chocolate. Pudimos abrazar a nuestra gente querida. Todo un lujo en tiempos de distanciamiento social.

Así pasaron los días y semanas: entre el trabajo, los proyectos, las salidas al parque… Un día, de repente, comenzamos a sentirnos extrañamente cansados. Quizás, pensamos, sería el clima. Había comenzado a hacer frío. Una mañana, mientras yo estaba en una reunión de Zoom, A. se sintió mal, tan mal que no podía ponerse en pie. Había llegado muy bien esa mañana. Y hacía nada que se había hecho un examen de COVID que dio negativo. Llamé al 911. Como era de esperarse, no había ambulancias. Los paramédicos me dieron instrucciones por teléfono, pero ella no se recuperaba, estaba al borde del desmayo. Su familia vino y la llevaron a urgencias. Al rato a mí me dolió muchísimo la cabeza. Me di una ducha. Seguí con la reunión que había interrumpido, pero me sentía muy débil, con todos los síntomas que había mostrado A. hacía un rato. Supendí la videoconferencia, y me quedé dormida. Cuando me desperté, mi hijo estaba dormido a mi lado. Ambos nos sentíamos muy mareados y teníamos un malestar corporal generalizado, que solo mejoró después de que vomitáramos muchísimo.

Comencé a hacer las llamadas necesarias. Pedí una prueba de coronavirus a domicilio. Parecía (y no parecía) que nos habíamos contagiado. Todo es tan incierto con una enfermedad que se muestra diferente en cada persona. Nos hicieron la prueba. Dimos negativo. A la mañana siguiente, nos despertamos como si nada.

Los días siguientes, A. no vino. Al final, le detectaron un problema ginecológico un poco delicado. Sin embargo, los médicos dudaban de que eso la hubiera puesto tan mal. Le hicieron todo tipo de exámenes, incluso un electrocardiograma. Nada. Todo estaba bien. Se quedó en reposo dos semanas. Y nosotros intermitentemente nos volvíamos a poner mal.

Cuando A. regresó al trabajo, a las pocas horas se sintió enferma nuevamente. Quizás hizo algún esfuerzo, pensé. Y el círculo volvió a repetirse. Nosotros, otra vez, durante un fin de semana no pudimos ni ponernos en pie. Otra prueba, otro negativo. Para los médicos todo era un misterio. A. se quedó en su casa algunos días. Es complicado en estos tiempos tener cualquier síntoma, porque lo primero que piensan es que puede ser coronavirus.

Así pasamos, prácticamente, todo el mes de octubre. Hasta que un miércoles de noche, después de pasar fuera de casa todo el día en una salida de amigas con bebés, I. nos dejó en casa y en no menos de media hora no podíamos ni ponernos en pie. G. se quedó dormido, lo arropé con lo que pude, me acosté a su lado sin poder moverme, y con la poca energía que me quedaba hice algunas llamadas. La primera a I. Ella entendería lo grave de la situación porque nos había visto hace poco y estábamos bien.

Lo que ocurrió luego fue milagroso y conmovedor. En ningún momento perdí la conciencia, no podía quedarme dormida porque debía abrir la puerta en cuanto nos vinieran a buscar. Esa noche tenía programada una sesión en vivo con las mamás de mis talleres. Una a una, me ponían mensajes preguntándome por qué la sala no estaba abierta. Yo les contestaba con mensajes de voz, que hasta ahora no he podido oír. Supongo que mi tono denotaba lo peor, porque todas se mostraban muy preocupadas y casi de inmediato sentí una energía fuerte y poderosa que nos cuidaba, un círculo de amor que nos protegía, una cadena de oración. Incluso sentí cerca a mi papá diciéndome que todo estaría bien, que confiara.

Mientras esperaba, solo palpaba la belleza que encierra el misterio de la vida, que no hay otra alternativa que ser feliz y agradecido, que no quería cerca nada que me dañara, que el dolor ya había sido suficiente. Cuando llegaron por nosotros, salimos de casa y, de inmediato, G. estaba dando brincos como si nada hubiera pasado. Yo, en cambio, tardé unas horas en reponerme.

¿Qué era? ¿Qué pasó? ¿Qué teníamos? Ningún médico acertó. Alguien (no recuerdo quién) cuando al día siguiente le conté lo que nos pasó, me dijo: “¿no será el gas?” ¡El gas! Hace unos meses se había dañado una tubería del calefón. Pero, nada en mi casa olía a gas… Y recordé que unas semanas atrás, mi amiga V. me había hecho el mismo comentario. Incluso, había sido más precisa: el monóxido de la combustión no huele, por eso es letal. Pero, entre el trabajo, los desvanecimientos, los asuntos cotidianos, me olvidé de llamar al gasista… Ahora, simplemente, no tenía dudas. Todo cuadraba a la perfección. El técnico hizo las revisiones del caso. En casa no había la suficiente ventilación. Con varios arreglos, todo quedó resuelto.

Sin embargo, G. y yo estuvimos a punto de no estar más. Una lavadora extra, cinco minutos más de baño, y no estaría escribiendo esto. Después de unos días, nos hicimos exámenes de rutina tras un vómito que le dio a él y una reacción alérgica que me dio a mí. Nada pasó a mayores. Estábamos y estamos sanos.

Durante días me quedé procesando lo sucedido. En realidad, estuvimos al borde muchas veces: todas las que nos quedamos dormidos. Y si pasó lo que pasó fue para aferrarme a esa hermosa verdad que palpé esa noche: el amor te cuida y te protege. Sé lo que sentí. Si antes creía que la vida hay que honrarla, hoy más que nunca es una verdad incuestionable. No hay tiempo para el sufrimiento, mucho menos para el drama, son opcionales y prescindibles. No se pueden esconder los dones, hay que reconocerlos y entregarlos. Nada que no sea la alegría y la gratitud merecen cabida. Incluso en medio del dolor hay que encumbrarse y recurrir a la bondad del corazón y no a la amargura.

Hoy, al final del 2020, no puedo renegar por nada. No me quejo de este año. No lo quiero borrar ni pido que se acabe ya. Le doy gracias por estar viva y porque mi hijo está conmigo. Este año, me quedó claro que solo el amor puede ser la constante que nos ayude a aceptar las lecciones que necesitamos para crecer. Además, no me alcanza el agradecimiento para quienes esa noche rezaron, caminaron, nos sostuvieron con vida, para quienes sé que vendrán a nuestro auxilio sin dudarlo.

Mi 2020, se puede resumir en una canción. La vida, sin duda, me ha tomado de la mano y me ha llevado a casa, al único hogar posible, aquel en el que guardo las certezas del alma.

Terminaré la noche encendiendo luces por los que se fueron y por los que nos quedamos, con la certeza de que tenemos el deber de hacer de este mundo un mejor lugar para vivir. Y abrazaré a mi pequeño con inmensa alegría, sabiendo que tengo la responsabilidad de ayudarlo a ser semilla que germina, y pidiendo la sabiduría necesaria para no estancarme ni en la duda ni en el miedo.

Que el 2021 esté repleto de actos de amor. No necesitamos dar ni recibir nada más. ¡Feliz año nuevo!

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1 comentario en “La pandemia 4/4”

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