Maternidad, Montessori

Lecciones de paciencia

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Los niños tienen el umbral de la paciencia muy bajito. Se pueden frustrar con rapidez. La frustración los lleva al enfado y entonces reaccionan: lanzan cosas, destruyen lo que que encuentran o lo que habían -hasta entonces- construido, gritan, lloran, sufren. En estado de fuego, solo necesitan agua que los refresque y los lleve a la calma, que los regrese a su ser neutral y les brinde un camino alternativo a la reacción violenta. Los niños necesitan que seamos quienes los contengan y lo hacemos con el ejemplo (evitando reaccionar) y con el acompañamiento (mostrándoles cómo resolverlo emocional y prácticamente). Así aprenden que no todo siempre saldrá bien a la primera, que eso significa aprender: equivocarse y sacar conclusiones para mejorar. 

En general, los niños tienen paciencia con su cuerpo: van descubriendo, practicando, desarrollando su motricidad con paciencia. Un niño de pecho no se enfada porque no puede sentarse o caminar, un niño de seis meses no se frustra porque no puede correr o ponerse de pie para alcanzar algo. Pero ¿qué pasa luego? ¿por qué se enojan cuando algo se les cae? En parte porque están aprendiendo a confiar en su aprendizaje y, por otra, porque nos han visto a nosotros hacerlo sin error y no entienden por qué a ellos no les sale bien. Es importante, por ello, mostrarles la dificultad, la práctica y la solución. Y también, sin duda, darles nuestro ejemplo.

La paciencia se cultiva. Si tiene raíces fuertes, dará frutos jugosos. Hoy puedo admirarme ante la paciencia de mi hijo. Este fin de semana, el tío Homero nos invitó a desayunar fuera. Cuando le preguntamos qué quería, respondió: morocho. Le explicamos que a esa hora no había morocho en venta pero que en la tarde lo llevaríamos. Me preguntó la hora a la que iríamos. “A las cuatro y media saldremos de casa”, le dije. Aunque ya habla de las horas y tiene un reloj de pulsera, no tiene idea de cómo leer el tiempo y mucho menos de su medición. Como solución le planteé lo siguiente: “vamos a poner una alarma, en cuanto suene, será señal de que ya podemos salir”. Aceptó.

El día corrió entre el desayuno, una visita al mercado, jugar con sus camiones y la preparación de la colada morada… Hacia el mediodía me preguntó por la alarma y por qué no sonaba. Verificó que seguía encendida y siguió con sus juegos. Almorzamos tarde y, entonces, se preocupó más por saber cuándo sonaría, cuándo sabríamos que ya era hora de salir de casa. A las cuatro de la tarde no pudo más y con angustia me dijo: “¡No suena, mami, no suena! ¿Por qué no suena?” Había pasado todo el día esperando que suene una alarma, ocho horas exactamente, y me parecía suficiente tiempo de espera para un niño de tres años que solo quería un vaso de morocho. Lo abracé y sentí su desconcierto, su dolor, le expliqué el porqué de la demora y le pedí que confiara.

El tío Homero le repitió que faltaba poco para partir. Se animó un poco y me pidió que le sirviera colada morada. Así obtuvimos el tiempo exacto para que llegara la hora esperada. Nos alistamos para salir, subimos al auto, recogimos a la abuela y la alarma sonó. ¡Sonó! G. se reía. No hubo engaño. Hicimos el largo camino al lugar donde venden el morocho que más le gusta. Cuando llegamos (por suerte) ya tenían todo listo porque hacía muy poquito que acaban de abrir. Tomó su morocho, pidió para llevar y fue feliz. Estoy segura de que será una lección que su espíritu guardará para siempre. Y yo también. Aún me conmuevo al recordar su fuerza de voluntad, su paciencia y su confianza en que lo que quería que suceda, se haría realidad.

 

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