Cuando crees que te las sabes todas, no sabes nada. La maternidad, como la vida, es un aprendizaje continuo. Cuando triunfas en la batalla por el cambio de pañal o encuentras la crema perfecta contra la escaldadura o al fin sabes lo que significa un balbuceo específico, aparece algo nuevo y ni siquiera sabes que es nuevo. Basta con traducir mal un llanto. Y tras el error, viene la culpa.
Hace poco G. tuvo laringitis y después de cinco días de fiebre, en el momento en que protestaba porque intentaba darle su medicina (que hasta entonces se la había tomado perfectamente) vi en su boca una enorme llaga, un afta, un fuego bucal, una úlcera bastante grande para su pequeña boca. Consecuencia de la fiebre, me dije. Era de noche, estaba por dormirse y ya no podía hacer mucho pero tampoco sabía qué hacer.
¿Será que tienes suficiente leche? Pasa colgado del pecho, seguro tu leche no lo llena. Mira, se despierta a cada rato, es porque tiene hambre. Tus pechos son pequeños no pueden producir lo que tu bebé requiere. Tienes los pezones pequeños, planos, hundidos, invertidos no sale la leche. Tómate agua de xyz y colada jkl para que tengas más leche. No te destapes que se seca la leche. No te bañes en agua fría que se corta la leche. Está flaco, tu leche es pura agua.
Que es pura agua, que no es suficiente, que duele, que no todas pueden… ¡Circulan tantos mitos sobre la lactancia y la leche materna! Y, a propósito de la semana de la lactancia, se publicó un artículo bastante controversial en el que un pediatra y una psicóloga afirmaban que la lactancia prolongada no era beneficiosa para los niños. Mi experiencia, mis lecturas y conversaciones, el círculo médico y de apoyo que me ha acompañado durante estos -pronto- trece meses de lactancia opinan algo totalmente distinto. Con sus voces pude escribir este artículo que fue publicado en diario El Telégrafo ayer. Se los dejo 

