Filosofía Montessori, Lactancia, Maternidad

Adiós a la lactancia

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Tres años siete meses. Más de mil doscientos días. Solo ahora, que comienzo a escribir, siento una mezcla de nostalgia y tristeza. Siempre pensé que lloraría, pero lo hago solo al releer estas líneas. Se atropellan los recuerdos. No puedo dejar de mirar todo lo que la lactancia hizo en nuestras vidas: los cambios, desafíos y rutinas. Las horas de desvelo se mezclan con las de siesta y descanso. Las dificultades del inicio se juntan a la alegría de las cuatro mastitis superadas. Yo amé la lactancia tanto como, ahora, disfruto de su despedida.

Mi hijo se destetó solo. En realidad, estamos en la recta final. Desde hace dos semanas, me pide antes de dormir su tito-mami, que es su forma de llamar a la teta. Pone su boca, hace una succión, me suelta, me cubre, me abraza y comienza a dormirse. Hace dos noches no me pidió, pero a la siguiente, lo volvió a hacer.

Como todo, ha venido con cambios para ambos. El proceso no ha sido de un día para el otro. Comenzó hace, aproximadamente, seis meses. Llevábamos ya un año con una sola toma, la que pedía para dormir. Era una toma larga de treinta minutos o más que, paulatinamente, fue disminuyendo. Cuando ya no superaba los diez minutos, comencé con un cambio hormonal fuerte. Los pechos me dolían como si ya no tuviera leche o como cuando las mujeres lactantes se embarazan. Perdí el apetito, tuve bajas de azúcar, me hinché notablemente (sobre todo el vientre), no lograba reconocer mi cuerpo.

El dolor en los pechos ocasionó que dejara de disfrutar la lactancia. Comencé a sentir una necesidad de recuperar mi cuerpo. Confieso que hubo noches en que lloraba de frustración porque donde no hay placer no hay gozo. Estaba cansada pero asumí el proceso: es solo una toma diaria y cada vez es menos tiempo, me repetía para no desesperarme. Sobre todo, porque no encontraba experiencias similares, nadie que me hablara del destete natural de niños a partir de los tres años.

Mi hijo, en esta etapa, lactaba y no lactaba. Cuando succionaba lo hacía con fuerza y a mí me dolía. Cuando se quedaba con el pecho en la boca, el contacto con su saliva también me causaba dolor. De solo recordarlo, siento escalofríos. Respiraba, pero siempre rozaba el rechazo y llegaba el momento en que le pedía (de la manera menos adecuada) no hacerlo y él –naturalmente- se ofendía, como si le estuviese negando el pecho materno, y se ponía a llorar desconsolado. Me sentía atrapada entre mi dolor temporal y el dolor de sus lágrimas. Así que, comenzamos a hablar. Le pedía que tuviera cuidado cuando la succión me lastimaba o que me soltara si ya no estaba tomando. Se lo decía con calma, cuidando mis palabras y, entonces, logré que, poco a poco, me soltara sin mayor drama.

Así pasamos por semanas, en las cuales el rito fue haciéndose cada vez más y más corto, reduciéndose a contacto más que a succión. A veces, solo se llevaba el pecho a la boca por varios minutos. Fue cuando lo percibí nervioso; en ocasiones, enojado si no me tenía cerca, o inseguro si desaparecía de su campo visual. Entendí que para él era una despedida difícil. En las noches, antes de que se durmiera, le contaba que si dejaba a tito-mami, yo no me iría, estaría siempre con él: jugaríamos, leeríamos, nos daríamos abrazos, conversaríamos, contaríamos las luces que inundan el cuarto, adivinaríamos los ruidos. Todo eso: juntos, en el tiempo que antes lo ocupaba la lactancia. Tenía ejemplos para ello: las actividades que habían sustituido las tomas diurnas. Mi hijo, a su ritmo, asumió que se acercaba un adiós.

En el último mes y medio, la toma dura unos pocos segundos: es una sola succión; luego, se da la vuelta y comienza a dormirse. Lo veo con ternura y me imagino su añoranza. El pecho materno ha solucionado tanto: el miedo, la sed, el sueño y el dolor. Ha sido vehículo de alegría y risas. Pero el fin de esta etapa es el camino hacia su madurez, la ruta hacia la construcción de su individualidad. No deja de sorprenderme que coincida con el aparecimiento del Complejo de Edipo.

Por ahora, G. ha dado saltos de independencia que se evidencian en la toma de distancia, por ejemplo, ante los gustos similares. Si mamá dice que no le gusta el personaje de alguna historia, él inmediatamente menciona las razones por las que, en cambio, a él sí le agradan. Cada vez me pide menos ayuda, son más las cosas que hace a su modo (cambió el orden de sus carritos), negocia actividades conmigo o hace requerimientos muy puntuales. Va siendo cada vez más él (incluso lo noto en la elección de las palabras, en la creación de sus propias frases) y yo comienzo a retomar espacio y tiempo para mí. Y eso es bueno. Bueno para ambos.

Mi cuerpo ha sido sabio. Justo ahora que la oxitocina de la bajada de la leche me ha abandonado, han regresado mi ímpetu y energía. Estoy –o me siento- más atenta a mí y ya no solo al tándem que formábamos con mi hijo. Todos los síntomas del cambio hormonal han desaparecido (incluida la hinchazón). La incomodidad previa fue parte del proceso. Fue solo el anuncio de una transformación. Muy parecido a la que sucede los días previos al parto, cuando sientes que ya no hay espacio para el bebé en la matriz, y solo esperas el nacimiento.

Me siento en el auténtico fin del posparto. Lo vivo como un gran grito de independencia. Como si este largo tiempo de maternar hubiese sido un momento de recogimiento, largas jornadas de autoanálisis, de mucha observación interna, de trabajo en lo profundo de mí, de descubrimiento y aceptación de las sombras. He aprendido tanto de este proceso que me siento igual, la misma de siempre, con mis sueños, intereses y esperanzas intactos pero diferente, con las cuentas claras sobre mi vida y mi historia, sin prisas ni apariencias, sin falsas expectativas, llena de certezas y autoaceptación.

El fin de la lactancia ha sido también un regalo de confianza. Estoy convencida de que no hay nada que temer, que todo sucede en su momento. Todo está bien y está bien que sea así, tal cual es. La naturaleza y el cuerpo tienen gran inteligencia. El ser interior que nos guía, que los niños escuchan bien -si se los permitimos-, y que nosotros hemos escondido pero que podemos reencontrar, sabe lo que hace, nos anuncia cuando ya es hora de dar el paso.

Es el cierre de un ciclo y el inicio de otro que acepto con el corazón agradecido y sin miedo. Me veo a mí misma como si bailara un jazz delicado y melódico, recibiendo los rayos del sol y dejándome acariciar por la sutileza de la vida.

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8 comentarios en “Adiós a la lactancia”

  1. Que hermosa experiencia, he llorado al darme cuenta qué tal vez no viviré todo eso, que con el inicio de mi vida laboral las tomas han disminuido de 8 al día a apenas 3 y mi bb apenas con 8 meses 😕 😢💔.

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  2. Hermosa experiencia!! Bravo!! Yo estoy con mi bebé d e un año cinco meses y obvio ya los comentarios de q ya está grande para el seno yo no me siento lista para quitarlo y creo q el tampoco esperare a su tiempo para vivir la experiencia mientras tanto disfrutar la lactancia Malas noches y la conexión q se tiene en esos momentos ❣️

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  3. Yo voy 2 años 2 meses y ahora parece que tengo cara de teta jajaja. Mi hijo me ve y pide teta y como hacemos colecho toma teta para dormirse pero también se despierta durante la noche y a ratos si me siento muy agotada pero no sé cómo reducir las tomas. No quiero suspender, espero que él se destete solo, pero si quisiera al menos dormir toda la noche. Algún consejo?

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